Atica

¿Quién en el mundo es Ática?

No, no es una región griega. Ática es un hombre, es mi novio. Es un chico guapo un poco más bajo que yo, algo llenito pero sin escandalizar, con un trasero envidiable y una sensualidad al andar, al respirar, al hablar. Es un hombre que no se enamora fácilmente, pero cuando lo hace, se enamora hasta la médula. No suele ser idealista ni soñador, pero cuando está enamorado hasta la médula  se permite tales licencias. Es fuerte a la vista de todos, pero frágil por dentro, lleno de miedo, dudas, ternuras, caricias y una magia oculta que te embruja en besos. Tiene un lado sensible que no le muestra casi a nadie, pero yo he asistido al lado más humano de su existencia, le he visto llorar, me ha tocado enjugar sus lágrimas (algunas causadas por mi), me ha tocado estrecharlo entre mis brazos, abrazados los dos en silencio, enfrentando sus demonios, sus culpas, sus desesperanzas; allí abandonados en medio de la quietud, disfrutando su increíble calidez corporal con la que me cubre cuando hacemos el amor y me da frío. Ática se entrega todo, aún cuando corra el riesgo de quedar expuesto y vulnerable. Te da lo que tiene sin remilgos, en sacrificio. Una entrega total de sus dones, talentos y habilidades. Es un chico varonil que no tiene problemas en confeccionar los regalos por si mismo en contraste de los egoístas como yo que prefieren comprarlos. Es imposible no amarle. Con él te sientes seguro, firme, con propósito y sentido. El vacío se marchó desde que lo conocí. Es tan maravilloso, que te duelen sus ausencias y silencios, pero cuando vuelve, el mundo se llena de fuegos artificiales.

Pero Ática es humano como todos y tiene también su cara oculta, como la luna, que no sale muy a menudo a menos que se le provoque. Ariano por nacimiento, dentro de Ática hierve un volcano de orgullo, ese orgullo propio de las personas que se ofenden fácilmente. Cuando el volcán estalla, es todo un cataclisma que amenaza con destruirlo todo. No es que sea de los que golpean, ni siquiera grita mucho. Simplemente sus sentimientos se desbordan con la furia de un tsunami que lleva consigo letales escombros de palabras no dichas, frustraciones enterradas, sufrimiento puro de un amor que se siente no correspondido. Te duele de verlo sufrir y te sientes tonto, patético, un hijo de puta. Columnas de fuego y muros de agua, eso es a lo que uno se enfrenta cuando despierta al gigante dormido. Pero no puedo culparlo. Carga consigo el estigma de una familia destruida, las cicatrices causadas por quienes debieron amarlo (y lo maltrataron)  y una herida muy profunda que pareciera no va a cerrarse nunca. Aún así, es difícil volver a la normalidad, aunque no imposible. Siempre hay una manera. Un camino.

Ática es un hombre y un niño. Un enamorado y un protector implacable. Un buen hijo, un buen amigo, un buen sobrino. Lo aman y ama. Lo amo y me ama. No puedo pedir nada más.

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