Deja Vu, todo comienza otra vez

Allí estaba, esperando en la escalinata como en la mejor película romántica. En un principio su apariencia me resultó extraña pues su estatura era más baja que la mía, con pancita pero nada desagradable y un peinado que exagerando un poco se asemejaba al de Jimmy Neutrón. Nos saludamos y a mi me pareció muy serio. Despedía un aroma muy agradable, Euphoria de Calvin Klein, lo cual me despertó unas ganas enormes de avalanzarme sobre él. Anduvimos el camino hacia el carro en un incómodo silencio propio de mi introversión y su falta de costumbre a la situación. Ya habíamos quedado ir al motel, así que iniciamos el recorrido hacia el rincón ya conocido , aunque no logro recordar la conversación ligera que sostuvimos. Llegamos, más incomodidad  Él fue el primero en entrar. Yo me quedé pagando la cuota y cerrando las cortinas hasta asegurarme que las placas del automóvil no eran visibles para nada. Entré luego. Lo encontré sentado en la cama, con su mirada seria. – Así que quieres una relación – solté sentándome a un lado suyo. – Si se da, no te sientas presionado – me respondió. La mirada puesta en el espejo, mirándose, mirándonos. – Yo busco algo igual – respondí para no quedar como un puto caliente. Giré la cabeza para verle y me acerqué a él. Nos besamos.

Deja Vu

El sabor de sus labios me resultó tan familiar. Con los ojos cerrados me transporté a otro tiempo, guiado por el gusto a nicotina que conocía tan bien. Nos perdimos en la intensidad de nuestras bocas yo ya experto en las artes de besar, intentando encontrar las otroras sensaciones que me habían abandonado. Las encontré debajo de la lengua y en la resequedad de sus labios, aguardando, prestas para saltar sobre mí, envolviéndome y sacudiendo mis sentidos. El beso duró un largo rato y fue grato para mi abrir los ojos y descubrir que él también me miraba. “Bueno, no soy el único” pensé con agrado al percatarme que no era el único raro que besaba con los ojos abiertos. Nos desvestimos, apagamos las luz y comenzó la colonización de los cuerpos.

La siguiente parte me implicó todo un reto. Estaba ante un hombre normal, que no se enloquecía ante las caricias simples, a este tenía que explorarlo, darle mayor dedicación y francamente estaba ya desacostumbrado. Comenzó pues la búsqueda de sus sensaciones, sus puntos frágiles donde podía hacerlo explotar. ¿Qué puedo decir? Quedé encantado con su piel blanca, con la ternura de su besar y con la redondez de sus nalgas tersas. Una silla de montar. Pero no me estaba permitido cabalgarla. Su trasero era un zona tabú. Con lo que me encanta dar besos negros. Aún así lo hice. Tampoco me estaba permitido morder y aún así lo hice.

El sexo oral fue traumático. Con su glande ultrasensible mi aspiradora careció de efectividad y lo único que lograba era matarle el ánimo. El 69 fue muy gracioso porque nuestra evidente diferencia de estaturas hacía imposible colocarnos adecuadamente y él tuvo que terminar encima mío como si se tratara del pasivo. No hubo penetración a falta de lubricante pero el estímulo mi ano con un relajante masaje que me hizo ver estrellas. Habíamos traspasado ya el punto de la inhibición y nos bastó con los cuerpos para conocernos desde hacía mucho. Sin saber cómo, nos encontramos sentados en la cama, las piernas entrelazadas besándonos al mejor estilo de Marlon Brando y  Maria Schneider en Last tango in Paris. Nos faltó la mantequilla.

Él estaba prendado de mí. Le quedó la certeza de que tras aquella tarde de sexo era yo el hombre indicado para intentar un algo. Que no se había quedadovacío, que algo latía en su interior.

Deja Vu

Me transporté meses atrás diciéndole lo mismo a otra persona. Era un reflejo de mi mismo. Sólo que en esta ocasión yo no sentía nada. Había disfrustado el sexo, sin duda, pero de ahí a tener algún sentimiento me hallaba a kilómetros de distancia. Y sin embargo, de nuevo estaba el impulso sobrenatural que me obligó a sentir lo que no sentía. En el fondo quería que fuera algo normal, pero también temía ser herido, equivocarme, ser devastado. Pero callé. Sonreí. Asentí con la cabeza. Lo besé. Me besó. Y salimos de ahí con una declaración de amor y un sí por respuesta, el amor después de la lujuria como ya me había ocurrido antes. Una invitación al desastre.

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