Después…

He vuelto después de casi dos meses, aunque no sé por cuánto tiempo vaya a quedarme. Mi vida ya no es la monotonía fastidiosa que solía ser y que está registrada en los más viejos anales de este blog. Últimamente siempre sucede algo nuevo ya sea emocionante, triste y devastador. Al fin tengo una especie de existencia normal pues.

Una semana después, los firmes propósitos estaban siendo asfixiados por las mañas de siempre, pero temiendo volver a pasar por el bochornoso incidente del cine, decidí explorar nuevos terrenos de cacería dejando de lado el cruising para volver al asunto de las citas clandestinas. Claro, en esta ocasión opté por las redes sociales concebidas para tal propósito y me inscribí en la página de los cazadores de hombres atreviéndome incluso a pagar una cuota de siete días para tener disponible todas las funcionalidades del sitio. Decidí también ser un poco más arriesgado y coloqué fotos mías que permitían exhibir todas mis miserias, mis carencias, mi patetismo. La experiencia fu algo devastadora. No soy guapo, lo admito. Soy feo para mi pesar. Pero eso nunca implicó mucho problema en la universidad ni en FB, siempre encontraba a alguien que se conformara conmigo, por lo cual me lancé con mucho entusiasmo a la nueva aventura. Desafortunadamente, en este asunto del cazador de hombres me fue terriblemente fatal: la mayoría pasaba de mi tanto por la edad como por la complexión física, trayéndome una sensación de fracaso e inutilidad. Era demasiado joven, demasiado gordo, demasiado común. ¿Qué hacer? Incluso aquellos que mostraban cierto interés lo perdían y nada llegaba a concretarse. Frustrado, me propuse abandonar el barco ya que confirmaba el patetismo homosexual del que hablara hace algunos ayeres…

Por abandonar el barco estaba cuando apareció él. Su imagen era difusa, y me parecía poco atractivo. Le medí con la vara en que yo era medido y realmente no me despertaba ningún interés sexual. De hecho, el buscaba la posibilidad de una relación más que sexo. Yo aunque me mentía en el fondo sólo quería coger. Aún así, le seguí el juego y tras guiñarnos un poco terminé por decidimos ponernos en contacto a través de FB. Pensé  que no me buscaría, pero para mi sorpresa, el primer domingo de febrero a las siete de la mañana ya tenía la solicitud en puerta. Seguía sin gustarme y aún así le acepté dejándome llevar por la inercia. No pude descubrir mucho de él, su muro estaba prácticamente vacío y su lista de amigos oculta. Comenzaba a despertarme recelo.

Charlamos toda esa mañana, mientras esperaba en el auto a que mis papás volvieran con las compras del mercado, a la hora del desayuno y mientras tendía mi ropa. Me pareció un tío simpático, algo dominante y mis defensas bajaron un poco cuando el insistió que yo le resultaba interesante y nada hueco. ¿Podía resistirme a esos halagos? Definitivamente ni podía ni quería. Además era un profesionista fuera del clóset con una charla agradable. Terminamos cachondeandonos y tras un par de horas terminamos por citarnos a las tres en un punto intermedio del camino ya que ambos vivimos en extremos opuestos de la ciudad. Así el lugar elegido fue la pista de hielo en la Europlaza donde nos encontraríamos a las tres de la tarde, previo acuerdo de trasladarnos posteriormente a un motel. Graciosamente para alguien que flirteaba para matar el aburrimiento me puse mis mejores ropas, aunque desentonaba mucho el cabello largo con casi seis meses de existencia. Pues bien, tras cumplir con las obligaciones de ser el hijo único que maneja, enfilé rumbo a la citada plaza donde todo parecía ir de maravilla por cuanto encontré lugar en la zona gratuita del estacionamiento. Sin embargo, había yo desatendido el teléfono y tras checarlo me percaté de no haber recibido varios mensajes donde gracias a diversos problemas personales el chico me cambiaba la hora de reunión hacia casi dos horas después. ¿Me había plantado? Ni que estuviera tan bueno. Me puse a dar vueltas por la ciudad ya en un pleno estado de ansiedad y considerando irme a encamar con los otros posibles prospectos. También se me antojó ir a casa de Alo, pero ella estaba en su día libre para andar desnuda y no quise arruinarselo. Así, entre tantas idas y venidas se me fueron las dos horas malditas y cuando dieron las cinco volví a la plaza. Él aún no llegaba. Le marqué y me respondió con un tono cortante que me ofendió. Fue en ese punto cuando consideré seriamente en volver a casa y mandarlo al demonio junto con todos los homosexuales narcisistas e imbéciles. Sin embargo, un extraño presentimiento me lo impedía. Y estaba luchando por tomar la decisión cuando finalmente recibí el mensaje de que ya había llegado.

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