Usted se ha reiniciado correctamente

El amor nada más no se pudo. Tanto Erick como yo, a pesar de los hermosos sentimientos que habíamos logrado crear para ambos, existíamos en realidades distintas que conspiraban para aniquilarse entre sí. Cada semana había un motivo por el cual pelear, para sentirnos heridos, para lastimarnos en verdad. Las reconciliaciones eran maravillosas lo acepto, pero eran parte de un ciclo enfermizo que  se recrudecía en cada ocasión y ninguno de los dos se lo merecía. Ahora, él concreta sus planes de marcharse para siempre a la capital y hacer su vida allá. Le he ofrecido una tregua de amistad incondicional y aunque se muestra escéptico al respecto, es lo mejor que puedo hacer por él incluso si no vuelvo a verlo jamás.

¿Y yo? Desde hace meses, cuando inició la conspiración, me he visto sumergido en un conflicto existencial profundo donde todo en lo que yo creía fue perdiendo sentido hasta que me quedé con las manos vacías y ninguna certeza  respecto la realidad que estaba viviendo. Carecía de propósitos definidos o al menos una razón válida para seguir en este mundo. Probé el bien y tuvo un gusto amargo, la senda de la luz me había defraudado. Y el mal, la vía oscura que durante muchos años llamé yo El Camino parecía no poder ofrecerme ningún nuevo placer que no hubiera probado hasta la saciedad. Había visto, sentido y sufrido cada uno de los siete pecados capitales, transgredido nueve de los diez mandamientos sin atreverme a consumar el asesinato aún, pero consciente que hacerlo nada cambiaría el inmenso hastío que me dominaba. Era como estar en una cámara anecoica donde cada minuto te conducía a la locura.

Entonces apareció él y con él ese extraño noble sentimiento que me fascinó pues me proporcionó inéditas sensaciones que me hicieron querer vivir eternamente, querer creer, querer y amar. Tal fue el trastorno que mis conocidos de siempre notaron el cambio dramático que operaba en mi existencia: paredes blancas ahora recubiertas de alegrías, sonrisas, cursilerías, optimismo y esperanza. Poco importaba mi pasado, mis tragedias y mis pecados, se trataba de un nuevo comienzo, la oportunidad de redención que Dios me había negado. Pero el 12/12/12 todo aquello se derrumbó, el cielo se oscureció y las llamas encendidas se apagaron. Todo se fue a la mierda.

Siguieron cinco días de duelo y drama, un insano proceso de muerte en vida  que inicia y termina solo, del que no puedes deshacerte.

Fase uno: Sentí dolor por haber defraudado a una persona maravillosa, por haber echado a perder una relación que se suponía para siempre. Esta agonía, tan inaguantable como indescriptible, te devasta por dentro porque trae consigo a la culpa y los remordimientos, insidiosos demonios que te explican que eres una persona miserable y aborrecible, sin ningún derecho a recibir perdón porque no lo mereces. Desde este punto dejé de comer, pues la idea de que no habrá una reconciliación,que no podrás librarte de ese sentimiento quita el apetito e incluso el sueño. La tortura me hizo desear la muerte y en diversas ocasiones estuve  tentado a arrojarme del puente peatonal, estrellarme contra el pavimento y ser destripado por los veloces automóviles de la avenida. Como segunda opción estaba arrojarme a la laguna para ahogarme o ser despedazado por el lagarto de los miércoles que a la hora exacta está sostenido de la piedra con el morro apenas rompiendo la superficie del agua.

Fase dos: El dolor me resultó acumulativo y al primero se le unió otro de naturaleza distinta. Era el dolor de haber sido defraudado, lastimado, traicionado dado que la otra persona también tuvo parte de culpa. A este le acompañaron el resentimiento y la duda. Con él no me quise morir sino matar. Ardía en mi alma un deseo de aniquilación, de regar la sangre de Erick, de vengarme, de dañarlo, destruirlo hasta que no quedara nada reconocible de su existencia. Quería dejar de amarlo, borrar el pasado, evitar haberlo conocido. Cada recuerdo hermoso, cada palabra, cada promesa, era una daga hiriente, una mentira, una burla, una maquinación vil dispuesta para aprovecharse de mi. El amor coexistió con el odio, y este último era más fuerte, dolía menos, me revitalizaba. Así, ambos dolores iban y venían en oleajes intermitentes, siendo especialmente patético cuando coincidían  puesto que quería llorar y no podía. No obstante, de alguna manera extraña también me sentía excitado: quería sexo, el sexo casual con desconocidos. Salí de cacería pero volví con las manos vacías.

Fase tres: La tristeza infinita. Ganas de no hacer nada, ni siquiera respirar. Tuve que hacer mi cotidianidad mecánicamente. No sentía ni odio ni amor. Únicamente quería sufrir, pues tras varios ataques incesantes, había adquirido un gusto morboso por el dolor. Ya comía, aunque fuera por compromiso, una sola vez al día y en raciones pequeñas. El sueño había mejorado, dormía profundamente, pero soñaba con Erick y su forma de hacerme el amor. Más que sueños eróticos era el deseo de que todo estuviera bien más despertaba y me topaba con su ausencia y su dolor. Para tranquilizarme recurría a los orgasmos, pero el efecto duraba muy poco. Reía para no sentirme inútil pero era una mueca falsa y sin esencia, al igual que mi descaro. Entonces me dedicaba a escuchar las canciones de amor y desamor. Seguía queriendo llorar y seguía sin poder hacerlo. Me tumbaba durante horas a pensar en lo que no iba ser y a recordar lo que había sido. En pocas palabras, me obligué a que doliera todo lo que iba a doler. Cuando exprimí hasta la última gota de angustia, me encontré que ni siquiera me quedaba el sufrimiento para asirme a esta vida.

Fase cuatro: No se cómo, no se por qué, pero la mañana del último día desperté con un odio intenso hacia todo y hacia todos. Quería ser malo, quería dañar a cualquiera que se me atravesara en el camino, extender mi enferma ponzoña hasta donde me fuera posible  corromper y pervertir. La sola mención de lo bueno, lo noble, lo puro, despertaba en mí la ira, un ansia asesina. Con el correr de las horas, el odio se fue apagando hasta que solo quedó frialdad e indiferencia, una incapacidad para sentir empatía por el sufrimiento ajeno que muy por el contrario me resultaba satisfactorio. Sentía el mal moverse dentro de mí con la fuerza con la que antes lo hacía, comenzaba a sentir vida y propósito de nueva cuenta. Pude notar que en mi ser, cualquier signo de debilidad quedaba desterrado, pulverizado. Curiosamente, la intensidad de tan abrasantes sentimientos me fatigaron mucho, pero no podía descansar a causa de una emoción intensa que no parecía tener un origen definido. Simplemente me sentía como un ser nuevo que había sido vaciado de toda la porquería y dejado listo para empezar de nuevo.

Hoy, al despertar, me sentía muy en paz, tranquilo. Sin dolor, sin tristeza, sin odio, simplemente yo. Y no es que el mundo de pronto pintara soleado con unicornios y duendes felices por ahí no. Todo sigue siendo el caos que ha sido siempre, pero yo me he reencontrado a mi mismo al permitirme sentir  en toda su furia todos esos demonios que llevaba reprimiendo durante mucho tiempo.Me siento curado, fortalecido, listo para trazar mi camino y avanzar a través de él, con la experiencia de  lo que he recabado previamente. Todo está bien sin necesidad de mentirme a mi mismo. Por ahora con eso me basta.

Anuncios

¿Necesitas vomitar algo? Puedes hacerlo a continuación:

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s