Las deudas

Cuando abandoné La Boca del Infierno, me juré a mi mismo que jamás volvería a poner un pie en ese inmundo lugar. Desafortunadamente para mí, cuando me encontraba a bastante kilómetros de distancia de tal forma que si volvía mi cabeza no podía yo mirar nada de esa iglesia, fui alcanzado por un mensajero que me invitaba a volver. Fácilmente me hubiera podido zafar de tan extraña petición, pero la persona que requería mi presencia no era otra que uno de los hermanos Alamilla.

Los Alamillas son dos, Edgar y Eli. De niños, solíamos jugar juntos, pero conforme fuimos creciendo, empezamos a distanciarnos hasta quedar prácticamente incomunicados a pesar de vivir a unas pocas casas de distancia. Ambos me gustaron desde siempre, aunque las actitudes más perversas me las despertaba el mayor, que se transformó en un joven hosco, huraño y algo sexy.  Edgar, por el contrario, siempre fue más dócil y servicial, me saludaba cuando nos encontrábamos por la calle y conforme se convirtió en estudiante de matemáticas adquirió los rasgos de erudito con poco pelo y mirada perdida, motivo por lo cual dejó de significar un cuerpo del deseo para mí. Cuando me uní a la iglesia, iniciamos una especie de compañerismo cordial aun cuando nuestros mundos fueran acusadamente opuestos y no tuvieramos absolutamente nada que platicar el uno con el otro, obvio, que no fueran cosas triviales como que caliente está el día. De alguna forma extraña, él me agrada puesto que tiene una inocencia sincera en todo lo que hace y dice. Hasta su incorrección política es deliciosa porque la ejecuta naturalmente y sin ánimos de ofender. Sin embargo, lo que más aprecio de él es que siempre que ocupé un puesto de liderazgo, él me apoyó incondicionalmente. Cuando pedía algo, me lo concedía, no se molestaba aunque fuera de última hora, jamás obtuve un no por respuesta. Y siempre cumplía. Así, sabía que podía contar con Edgar para casi cualquier cosa. Hoy, él es quien ocupa un puesto de liderazgo, motivo por el cual fui requerido.

La propuesta fue muy simple: quería que mi familia le apoyara en el trabajo del año eclesiástico, principalmente porque carecía de la experiencia que nosotros poseíamos. Yo no supe que responder en primera instancia. No quería negarme, sentía una obligación, una deuda moral para apoyarlo. Pero eso significaba quedarme en un lugar que detestaba, con gente a la que no podía mirar sin querer asesinarla. No respondí. Desafortunadamente, mi silencio fue tomado como una positiva ficta. Me mantuve alejado un tiempo, esperando que Edgar captara mi conflicto, pero pronto fui llamado para apoyarlo en sus funciones. Lo hice de buena gana, aunque con cierto pesar porque me sentí verdaderamente incómodo frente a esa muchedumbre, diciendo cosas que no sentía, soportando sus miradas inquisitoras, deseando estar en cualquier otro lugar.

Pero al final, de eso se trata saldar deudas, deber tanto a alguien que incluso debas cambiar tu curso de acción para pagarlas. Sí, se que la situación pueda parecer simple, pero en realidad mi presencia ausente en La Boca del Infierno reavivó viejas hostilidades. Las Reinas Negras, también conocidas como el Triunvirato (porque se odian entre sí pero se necesitan) alegaron que mi presencia y participación era ilegitima ya que me encontraba en el auto exilio. Así, pidieron mi cabeza, impidiéndome ayudar a Edgar.  ¿Qué es lo que pretenden al negarme el derecho de saldar mi deuda? Obligarme a volver, que me desdiga de mis anteriores acusaciones contra ellas, que acepte mis culpas, pida perdón y me rinda al sistema. ¡Estúpidas! Al declararme nongrato me han eximido de pagar mi deuda y ya no tengo motivos para quedarme en ese lugar.

También, mis intenciones de saldar mis deudas me han revelado una triste realidad que sospeché siempre pero me había negado a aceptar como ciertas: mi mundo es una mentira. El acoso no provino solo del Triunvirato. Comenzó a provenir de varias partes, incluidos viejos amigos que ahora se dedican a juzgarme y hablar de mi a mi espaldas. Todos, pues, se revelaron como parte del sistema enfermizo, perseguidores que quieren verme aniquilado, humillado, aborregado,  pues soy una amenaza para la paz de la tiranía. La revelación me afectó pues de pronto me sentí sólo y estúpido por haber confiado en seres humanos. Que fácil les ha sido volverse en mi contra. Eso si que no me lo esperaba.

Mi familia se preparó entonces para la defensa, lo cual hubiera significado iniciar hostilidades con quienes hasta ahora habían permanecido neutros: figurillas de plástico que son movidas a la voluntad de las arpías, todo por quedar bien con ellas y conseguir uno que otro favor, incluido los sexuales. Pero al final, decidimos que la mejor arma que poseíamos no eran los secretos o las evidencias de la corrupción. No: tras considerarlo, esta vez nuestra estrategia radica en una resistencia pacífica que basada en la indiferencia total. Quizá no desaparezcan como la reina Mab, pero eso les duele muchísimo más que un ataque frontal. Además, se trata de una provocación para que sean ellas quienes vengan a casa en busca de problemas, y entonces sí soltemos los misiles que podrían causarles una herida mortal.

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