Todos mis miedos

Soy una persona de muchos miedos. Eso me quedó muy claro ayer por la noche cuando hacía mi caminata diaria por el parque Tomás Garrido Canabal, uno de los emblemas culturales y de esparcimiento  en mi pequeña capital provinciana. El corredor se haya construido en una porción de orilla de la laguna de las ilusiones cuyas aguas oscuras y contaminadas cada noche se engalanan con doradas fuentes danzarinas que cautivan a un público expectante que se deslumbra ante una simpleza como esta. Pero yo no presto demasiada atención a los coloreados chorros de agua. Cuando se trata de caminar, me encierro en mi mundo, con los cascos en los oídos y mil pensamientos recorriendo mi mente. Desafortunadamente, ayer los dichosos audífonos se me olvidaron en casa, por lo cual quedé bastante expuesto en mi caminata.

A diferencia del Parque La Choca, el Tomás Garrido tiene un ambiente solitario pues apenas te topas con una que otra pareja de trotadores y escasamente con algún vigilante flaco y cansado que ni siquiera te mira. Además, también se respira un peligro salvaje ya que el corredor se haya flanqueado en un lado por la selva con sus animales ruidosos  y por otro por la quietud de la laguna inmensa. El lugar esta iluminado, pero las luces están dispuestas de tal forma que crean más penumbra que claridad, imprimiéndole un aire de terror slasher; un sitio donde Fobos juega con mis sentidos a su antojo.

De toda la vida, la oscuridad ha dado forma a los monstruos feroces y a las siluetas demoníacas paridos por mi imaginación. Rodeado por ella me siento desnudo, débil, indefenso. La miro como un portal de peligros reales e imaginarios que me acechan para causarme dolor y sufrimiento. La relaciono con la muerte, con el hades, con el diablo y sus ángeles malignos que se mueven en medio de ella con la voluntad de manifestarse ante mi en cualquier momento para torturarme con imágenes atroces y delirantes: en ocasiones puedo ver sus rostros y sus cuerpos aparecer y desaparecer mimetizándose con el entorno, confundiéndome con sus ardides de duendes y nahuales que buscan atraerme a un rincón lejano para destrozarme.

Pero si hay algo que temo más que la oscuridad, es el agua. Sí, los cuerpos de agua turbios, extensos y profundos me aterran sobre manera. Al igual que la penumbra, en ellos me aguardan extrañas criaturas abisales, críptidos anhelantes de carne humana cuyas fauces te atraparán sin asomarse siquiera y te arrastrarán hasta el fondo lechoso donde te devorarán antes que te hayas ahogado siquiera, dejando tras de sí una estela carmesí de tu sangre salpicada con pedazos de pellejo. Detesto los ríos, las lagunas y hasta el mar. Aunque el mar no me causa tanto problema porque sus aguas son transparentes y mientras pueda ver el fondo me siento a gusto, pero no puedo abandonar tampoco la idea de ser arrastrado por alguna fuerza misteriosa que me haga ahogarme y quedarme en el fondo hasta el fin de los tiempos. Por eso siempre debo entrar con alguien al agua. Caminar por la orilla de la laguna implica un reto a mi mismo pues al asomarme por encima de la barda todas esas ideas me asaltan, principalmente porque en alguna ocasión mi mirada se cruzó con la de un lagarto noctambulo que parecía querer saltar para cazarme.

Y cuando mis miedos no podían ser más patéticos, al seguir avanzando me enfrenté cara a cara con otro de mis terrores infantiles que ya debían haber sido superados: las estatuas y las fuentes. Tan tonto como se lee, da igual si son grandes o pequeñas, siempre dan la impresión de cobrar vida y que van a  aplastarme o ahogarme. Ayer cuando llegué al final del recorrido me topé cara a cara con La Vaca Marina una fuente seca hace mucho que domina sobre la laguna. ¡Me paralicé al darme cuenta que estaba junto a ella! Y es que es tétrica toda rodeada de oscuridad y más junto al agua. Lo mismo me pasa con Los Pescadores y Los Niños Traviesos. Estar junto a ellas me llena de desesperación, de ansiedad, de ganas de salir corriendo.

Sufro también de acrofobia por lo que subir al techo de mi casa para activar el sistema de agua resulta ser toda una proeza heroíca para mí pues siempre está el riesgo de que la escalera se rompa y yo me precipite para acabar empalado entre varillas o fracturado o paralitico. De hecho, subo o bajo las escaleras con los ojos cerrados pues mirar el vacío aumenta las probabilidades de tropezarme o simplemente caer.  Aunque al final, hay algo que supera todos mis miedos anteriores: un miedo común y vulgar, el miedo a las arañas.

De pequeño, toparme con una araña implicaba una crisis nerviosa de llorar, gritar y ponerme a diez mil kilómetros lejos de ellas. Tanto si son venenosas o simple atrapa moscas, mi cuerpo se sacude violentamente y mis ojos se desorbitan, mientras me quedo muy quieto por temor a que el mínimo movimiento las haga abalanzarse sobre mí. Recuerdo que cuando pequeño, un tío me regaló una de juguete, enorme y peluda, Casi me da un infarto. Conforme el paso de los años, he aprendido a reunir el valor suficiente para enfrentarlas con el palo de la escoba y me resulta un placer sin igual torturarlas vaciándoles encima agua caliente.

No es difícil suponer que el común denominador a todo lo anterior es el miedo al dolor físico, a la muerte. Y a nivel espiritual, está el miedo a la soledad.

Al terminar de escribir esto, me doy cuenta cuan absurdo reacciono ante circunstancias comunes y sin importancia, lo que me lleva a pensar que quizá una vez más se trate de un asunto de inmadurez. Puedo tomar la determinación de intentar encarar a Fobos, pero se que la próxima vez que me halle frente a él, terminaré por orinar mis calzones y emprender la huida mientras el me persigue, riéndose a mandíbula batiente por el patetismo casi estúpido de mi condición cobarde.

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