Bajo el influjo de Eros

No es difícil imaginar que ha pasado conmigo por cuánto  he sido capaz de escribir esto:

Un buen día de combate

Comenzó como un juego perverso:

Tú y yo en un encuentro fortuito sin miedos ni compromisos.

Nos dejamos llevar.

Tu piel sobre mi piel, mi boca en tu boca, recorriendonos enteros, explorandonos, invadiendonos.

Mis manos rasgaron tu espalda, mi cuello fue aprisionado por tu boca.

Yo aspiré el aroma de tu transpiración, tú te quedaste con mi aliento.

Nos arremolinamos sobre la cama una vez y otra,

con desconocidas caricias que lo traspasaron todo, 

que despertaron gemidos y gritos enloquecidos,

y risas y susurros, que  nos dejaron perdidos,

en una emoción desconocida

conscientes de haber hallado lo que habíamos buscado sin saberlo.

Y en una tarde nos quedó la entera convicción que nos necesitabamos.

Que yo no podía, ni quería dejarte ir

Que mi voluntad te pertenecía a tí.

Y ahora aquí estamos los dos, atolondrados y confundidos,

esclavos de este dulce dolor que gusta y amarga,

que a las canciones da sentido

y que deshiela un corazón oscuro

que ahora descubre lo que es querer

y quiere tener la certeza del amar.

El lenguaje profano

Y allí, desnudos entre las sábanas blancas,

con nuestras manos entrelazadas en un cálido abrazo,

nos comunicamos en el secreto lenguaje de los besos,

para susurrarnos cosas prohibidas que los demás no podrían entender:

así hablamos de la posibilidad de amarnos,

de la realidad de esa pasión ardiente que nos asola por dentro,

que se desata en encuentros furiosos donde nos negamos a cada uno,

hasta que finalmente queda únicamente un nosotros.

Haz que tu lengua una vez más

hable del deseo profano de mi cuerpo,

murmura pues por cada uno de sus expectantes rincones,

despierta la llama con el líbido de tu sonrisa,

que luego yo te morderé el labio provocando,

recorriendo tu existencia entera

hasta enseñorearme de tu voluntad,

y extraviarnos los dos en un éter carmesí donde no exista más nadie,

sólo nuestros cuerpos acompasados al lenguaje profano de los amores prohibidos.

 

Sobre la temporalidad de nuestro amor

Te diría que nuestro amor es tan inmortal como los dioses,

pero como Xena se los cargó a todos ellos,

entonces te diré

que ni la muerte ni mil reencarnaciones podrán de tu lado apartarme

vida tras vida y vez tras vez,

habré de buscarte para reinventar el sentimiento, 

en una seducción eterna que trascienda el tiempo, la distancia y la vida misma.

Por los siglos de los siglos. Sólo esperame allí.

 

Y luego, haber encontrado exquisito la canción que Él me ha dedicado:

 

En efecto: alguien dañó la mecánica perversa de mi corazón oscuro y le dio a la vida un nuevo sentido y propósito. I’m in love…

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