Pero sobre todas las cosas, nunca te olvides de Dios

Cuando se es muy joven, Dios y la religión son temas nulamente interesantes, de hecho, son ignominiosos, carentes de importancia y una imposición de la familia. Y aún cuando se quiera creer realmente en esos asuntos tal cosa debe en secreto, para no sufrir el rechazo y la burla de los condiscípulos. Cuando eres un adolescente, eres invencible, indestructible, un guerrero con ganas de comerse al mundo según sus propias reglas de moralidad. No necesitas que, además de tus padres, un ser invisible y posiblemente mitológico te dicte reglas de comportamiento prácticamente imposibles de seguir. En ese sentido uno es también bastante agnóstico: los eventos escatológicos, aún cuando pudieran considerarse probables, son irrelevantes considerarlos y conocerlos.

Sin embargo, conforme nos vamos acercando a la edad adulta, comienza a gestarse la inherente hipocresía cristiana que muchos ostentamos con orgullo. Dios comienza a volverse un poco más tangible en nuestro interior, tan tangible como las bebidas alcohólicas, el humo del cigarro y el sexo pervertido. Nos acordamos de Él únicamente cuando estamos en medio de la más penosa necesidad, nuestra cara aplastada contra el barro, en la más cruel de las desesperaciones.

Y con esa mentalidad traspasamos el umbral de la edad. No sé exactamente en qué momento Dios comienza a ocupar un lugar relativamente genuino en la vida de las personas. Pero me sorprende cómo muchos de mis amigos, que antes hubieran renegado de la religión ahora se postran suplicantes ante su Deidad dispuestos a creer en una esperanza, a dejarse llevar por un sistema de doctrinas y entregar su ser en la medida que sus pecados se lo permitan. No deja de resultarme pues, curioso el fenómeno de un cambio tan radical en la vida de una persona. Se que uno debe madurar con el tiempo, pero ¿tiene que ser Dios parte de la madurez de un individuo? ¿Porqué? ¿Qué tiene Dios para ofrecer que malos y buenos tarde o temprano, por toda su vida o solo por un momento fugaz alzan sus ojos hacia Él? ¿Será que todo este tiempo he conocido un Dios extraño, diferente al que conocen los demás?

La vida es muy cruel, de eso no me queda la menor duda. Y quizá mis compañeros ya hallan pasado por el fuego refinador, ese punto decisivo en sus vidas donde tuvieron que reconocer que como seres humanos no pueden bastarse a si mismos. ¿Pero que tan malo o terrible tiene que ser algo para obrar un cambio de prioridades en alguien? ¿Por qué cosas debe pasar una persona para exigir la certeza de que Dios existe? Quizá ese momento no me ha llegado. Quizá El Cisma no fue suficiente. Y tengo un miedo atroz que un día me tenga que llegar el evento que de un giro de tuerca a mi vida. Y que de pronto la línea de una canción dejé de ser momentáneamente conmovedora para convertirse en un axioma de la existencia: Pero sobre todas las cosas, nunca te olvides de Dios.

Y es que debo admitir que esa frase siempre ha obrado dentro de mí una conmoción inexplicable. Es como si encerrara un mensaje vital que merece ser oído pero que no puede ser comprendido al 100% por cualquiera. Muchos lo han aceptado, otros tantos aún intentamos razonarlo y hacerlo nuestro. Para el resto, es sólo parte de una canción, del soundtrack de una telenovela.

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