Un beso es solo un beso

Sin importar que haya nacido un doce, mis cumpleaños se celebran siempre en domingo y comienzan con un jaleo tremendo provocado por una crisis nerviosa de mi madre que nunca considera la casa lo suficientemente limpia para recibir a los familiares. No faltan desde luego las sinceras felicitaciones, ni el asalto al pavo horneado, ni el bochornoso y fácilmente prescindible canto de feliz cumpleaños ante un pastel de tres leche que yo hubiera preferido fuera un cheesecake de fresa. Por eso fue tan extraordinario que este domingo, exactamente doce, comenzara con una quietud inmensa seguida de una indiferencia familiar que dio paso a la rutina de todos los primeros días de la semana: fuimos al mercado, desayunamos, miramos televisión y luego cada quien para su lado.

La verdad es que no estaba de ánimos después de lo que había acontecido el día anterior, pero Alo se había esmerado en prepararme una sorpresa así que me obligué a salir de la casa. El día estaba oscuro y nublado como mis pensamientos aunque me aguijoneaba la curiosidad por saber que me esperaba en la guarida secreta de mi amiga. La recogí en el Parque La Choca y de ahí me guió por las laberínticas calles de La Selva, un territorio salvaje conocido por ser el escenario de crímenes sangrientos y horripilantes. Admito que quise abandonar la sorpresa (no quería pasar el día denunciando el robo total o parcial de mi automóvil) pero hice de tripas corazón y me aguanté. La guarida resultó ser una pequeño cuarto climatizado, adornada para la ocasión, donde me aguardaba un delicioso flan napolitano hecho en casa. Fue un gran detalle de mi amiga. Me conmovió su sinceridad y su buena intención. Hasta hizo un video músical donde decía todo lo que nuestra amistad significaba para ella, todo amenizado por los nostálgicos compases de Every breath You Take de The Police. Tras devorarnos la mitad del flan y rellenarnos de coca cola, nos recostamos sobre la cama con el propósito de ver Las Aventuras de Tintin, pero el tiempo se nos fue en hablar y hablar de nuestras soledades, de nuestras esperanzas, de nuestros miedos y en mi caso de mis odios. Y así, de pronto, nuestros cuerpos se acercaron y yo me sentí bien sintiendo su calidez y en determinado momento, cuando estuvimos lo más cerca que habíamos estado jamás, cerramos los ojos y la besé. Ni ella me besó ni nos besamos. La besé. La besé y me sentí bien. La besa y el tiempo se detuvo porque con ese contacto nuestra relación daba un giro inesperado. Ella no me rechazó, en cambió, buscó mi boca con ansia, y así en medio de la ceguera terminamos besándonos uno al otro.

Cuando el beso se terminó, no hubo palabras, solo un silencio. Nos miramos fijamente a los ojos. Ella intentando saber qué pensaba yo. Yo intentando pensar algo porque todo mi interior se había revolcado en confusión. ¿Había besado a una mujer? ¿Qué me había empujado a hacer eso? ¿Gratitud? ¿Curiosidad? ¿Algo nuevo? Terminé por abrazarla y nos quedamos así un buen rato, disfrutando de la compañía, de la entrega mutua. Ella me dijo que tenía miedo. Miedo a enamorarse de mí y no ser correspondida. Yo le dije que tenía duda. Duda de enfrentarme a la posibilidad de no ser homosexual de tiempo completo. Y admito que también tengo miedo. Miedo de que ella se enamore de mí y yo no pueda corresponderla. Al final, conscientes de que no podíamos cambiar el beso ni sus consecuencias, decidimos que lo más práctico era darle tiempo al tiempo.

¿Un beso es solo un beso? ¿O es una señal de un cambio radical? Sentí cosas que no me creía capaz de sentir por una mujer. Incluso cuando yacíamos allí, entre apenados y aturdidos y ella me acariciaba el brazo, mi cuerpo reaccionó. ¿Será que todo este tiempo he estado equivocado? ¿Será que esta es la señal que he estado esperando? ¿Acaso finalmente estoy ante La Verdad?

He cumplido 24 años y se perfilan grandes cambios en mi vida. Tengo miedo. Pero aún así estoy ansioso porque lleguen.

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