Ante un pequeño cadáver

Es tan dura la muerte… Ayer asistí a un velorio para mirar a la muerte, la muerte de un niño de casi dos años que en cuestión de una semana fue aniquilado por un tumor cerebral. A su madre no la vi (debía estar rumiando su dolor en algún rincón de la casa), pero el padre sostenía a duras penas una serenidad fingida, nada natural, que se desvanecía entre ratos para dejar entrever locura, dolor y desesperación ante la pérdida.

Debe ser difícil perder un hijo, sobre todo un chico tan pequeño, tan indefenso que ha sido alcanzado por la muerte sin apenas haber vivido.  Y qué muerte, de cáncer, el azote de la humanidad. La muerte de un hijo termina por ser una llaga del alma que nunca cicatriza, que permanece allí lacerada por los recuerdos, por la impotencia de no poder cambiar los designios del destino, por la ausencia… De alguna manera, esta tragedia me afectó, aunque no entiendo bien por qué. No temo a la muerte. Anhelo la muerte, porque en la muerte ni sufres, ni sueñas, ni anhelas ni te decepcionan. Es todo vacío y oscuridad. Pero sí le temo al dolor, la agonía que casi siempre precede a la muerte. Eso si me repele… Creo que este asunto me afectó por el hecho de que por un instante logré colocarme en los zapatos del padre. Y es que, de vez en cuando, mis instintos me hacen anhelar la paternidad, aunque mi amigo más cercano dice que no me visualiza como padre. De hecho, a estas alturas del partido es un pensamiento que aparece con inquietante regularidad porque quiero tener un hijo pero vamos, soy homosexual y eso pone las cosas difíciles.

Tengo una amiga, Alo. Con ella me he compenetrado de formas extrañas e inimaginables al punto que se ha tejido toda una telenovela a nuestro alrededor. De hecho, hay una tensión sexual no resuelta entre nosotros. Sí, tensión sexual, he escrito bien. Ella necesita (más que querer), un hijo para salvar su vida, pues un embarazo podría reajustar las hormonas que mes a mes la dejan casi anémica. Y yo quiero además darle a mis viejos la satisfacción de un nieto. Alguna vez hablamos al respecto y estamos conscientes que la quiero y que me quiere, pero que jamás podríamos ser marido y mujer. Que podríamos unir un día nuestros cuerpos y darle vida a un nuevo ser humano, pero que no podríamos darle una familia normal… Y además de eso estan los tabúes y prejuicios… Sería un gran paso en la vida de ambos. Un desafío. Pero es un desafío que si decido tomarlo será hasta los treinta… cuando me sienta más maduro y preparado para afrontarlo, con todas sus consecuencias…

Los velorios me enferman. No porque se trate de la muerte, sino por el morbo de la gente. Yo soy morboso, me encanta leer la nota roja con todos y sus descabezados, pero mirar a la muerte a los ojos, en vivo y a todo color es otra historia… La muerte “en persona” me inspira respeto. Por eso repruebo los desfiles de los curiosos que se pasean frente al féretro para capturar con detalle las últimas rígidas facciones del difunto. No les creo que vayan solo a despedirse. Sé que en realidad van a satisfacer su curiosidad malsana con el mismo descaro con que antes comieron y bebieron hasta hartarse, como si de una fiesta se tratara.

Fue muy triste este velorio en particular porque quedó manifiesta la frialdad e indiferencia de las personas ante el sufrimiento de los demás, sobre todo si hablamos de hermanos cristianos adventistas del séptimo día. Todos los líderes haciéndose patos, sin tiempo suficiente para llevar una palabra de aliento porque están demasiado ocupados impartiendo culpas y castigos. No digo que el lugar estuviera vacío, pero cuando se trataba de dar un apoyo importante se tiraban la bolita los unos a los otros. Amén.

Al niño lo vi de lejos. Me dio pena acercarme. Le habían puesto lo que parecía ser una gorra. Qué mal gusto. ¿Pero quien soy yo para juzgar? ¿Quién soy yo para entender la desesperación que carcomía a los padres? Sería lo mismo que si yo perdiera a mi madre y me quedara sólo, desamparado y desorientado en esta vida… Temo tanto ese momento.

El niño soportó cuatro días. Primero falló el cerebro, donde estaba el tumor y tras el coma uno a uno su sistema se fue apagando hasta que sólo quedó el corazón. Fue ese órgano el que se resistía a morir, el que luchó neciamente hasta al final sabiendo que todo estaba perdido. Sin embargo, quiero creer que el niño fue afortunado. Si los Adventistas tienen razón en su doctrina, ese niño que no conoció el pecado tiene su salvación asegurada. Jodidos nosotros que nos condenamos aún más día tras día, revueltos en nuestra propia y voluntaria inmundicia.

A estas alturas ya lo habrán enterrado. A estas alturas ya debe estar cumpliendo la sentencia del pecado original: polvo eres y en polvo te convertirás.

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