La caldera

Si es cuestión de confesar, ellos nunca creyeron que yo haría algo. Es más, cuando acepté el cargo ni yo mismo pensaba que podría hacer algo. Pero algo fue distinto y lo que he tenido que hacer lo he hecho. Y mis iniciativas han funcionado bastante bien, aunque no como me gustaría. No obstante, el hecho que yo derribara sus expectativas los ha enfurecido y han buscado mil y un maneras de menoscabar mi trabajo. Y lo han logrado. El ejemplo de los sociales es un claro ejemplo de ello. Los sociales marcaron un parte aguas que permitieron la confraternización y el buen ánimo entre los muchachos. A mí me sirvió para descubrir que la vida no todo es seriedad y fatalismo. Es más, pude acercarme más a los jóvenes de siempre y me introdujo en un concepto distinto para aquellos que no me conocían. Y eso se vio reflejado en el trabajo los sábados por la tarde con una mayor asistencia y entusiasmo en las sociedades de jóvenes. Y por eso los sabotearon. Por eso se encargaron de que los padres me buscaran líos y los suspendieran, y aunque admito que algunos argumentos son válidos (como el peligro de transportarse fuera de la colonia) debí pelear a muerte para recuperarlos como una cuestión de orgullo y honor. Lo que más coraje me dio es que a mí me echaran bronca con mi proyecto pero cuando El Mesías lo plagió para realizar algo exactamente igual, le dieron carta abierta, sin problemas. Más obvio no pudo ser el complot. Y luego, el desliz de la estéril, cuando soltó su ponzoña sin poder aguantarse (“la invitación es sólo para unos cuantos, los demás cosechan lo que sembraron”), ese fue el error que me dio a mí la victoria en esa agria tarde de junta directiva. Pude haber arremetido con todo y exponerlos allí mismo, pero recordé esos viejos adagios que dictan que el peor enemigo es aquel que no tiene nada que perder y que no se debe encender la caldera si no se es capaz de resistir el calor. Pero el susto, la insinuación en mis argumentos me permitió recuperar mi derecho.  Aunque ahora ya no es lo mismo: Han sembrado en mí la desconfianza y el resquemor y he evitado llevar a los chicos a divertirse al parque, de hecho, me temo que la aventura no se repetirá. Pero al menos les he demostrado a lo que se atienen si se meten conmigo. La caldera se encendió de todas formas. A esperar la revancha.

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