El paraíso encontrado y vuelto a perder

He tomado mis primeras vacaciones oficiales en veinticuatro años de existencia. Del 18 al 22 de este mes decidí aprovechar un congreso de profesionistas para exiliarme en un lugar lejano que me apartara de mi familia y mi hogar, de tal suerte que pudiera gozar de un poco de independencia con el mínimo de gastos. Claro está, que esto se quedó en menos que una buena intención dado que me gasté alrededor de $10,000.00 y dado que el evento era organizado por la iglesia, un desgraciado distintivo rosa me limitaba el acceso a cuestiones como la discoteca y las bebidas alcohólicas.

El lugar elegido fue el hotel Barceló Riviera Maya, a unos veinte minutos del ¿pueblo? Tulum; y aunque el lugar es cómodo y elegante no deja de ser un endemoniado laberinto pues sus pasillos y sus edificios son idénticos por dentro y por fuera; y aunque todos los caminos llevan a Roma terminan por conducirte a un punto distinto del que quieras llegar. Y no es que me queje. Después de todo soy yo el que tiene problemas con su GPS…

La playa es hermosísima en muchos sentidos: las aguas turquesas y la arena blanca, envueltas por una fresca brisa con olor a monstruos marinos crean el efecto de un mundo distinto que de hecho lo es. Para mi decepción, este extremo de la tierra es visitado mayormente por norteamericanos jubilados, fláccidos y barrigones, aunque hay especímenes jóvenes (a veces demasiado) que te hacen explotar los ovarios de lo hermosos que son, sobre todo si usan un diminuto y estrecho traje de baño que parece cortarles la circulación. Cosa aparte son los europeos, desde checos hasta italianos, todos con una piel blanca como la leche y un cuerpo atlético, espigado, fenomenal que te emboban nada más con su presencia. La parte mala es que se trata de un lugar familiar, donde todos son o fingen ser heterosexuales, así que no hay mucha oportunidad para los affaires. Aún así, la playa se disfruta mejor durante la noche, con la opaca luz de las estrellas lejanas como única iluminación, un silencio sólo interrumpido por el fragor de las olas al estrellarse contra las rocas y contra la orilla, mientras uno se pierde en un sueño onírico del que quisiera nunca despertar.

Entre playa, tacos de ojos y albercas cloradas (que me irritaron la piel como nunca) subí además de peso en vez de bajar, porque los horarios te invitan a permanecer pegado al buffette; sobre todo porque cuando no es hora de almorzar, desayunar o cenar, siempre te quedará el snack, con su omnipresente barra de comida rápida. Cosa absurda la mía, no me despegué del área mexicana, así como los italianos no se despegaban de la zona italiana, pero no caí en el error de tragar tortilla de huevos o ensalada de novios, que son cosas corrientes un día cualquiera en la casa.

Y fue así que degusté el Ratatuille (un cocido de verduras picadas en redondo con un guiso de especias ácidas y saladas) y el fetuccini a la putanesca (risas idiotas cuando lo ordené) que a pesar de ser un montón de pasta cocida bañada por una salsa con fuerte sabor a aceitunas negras está bastante decente y al menos a mí me sacó de la monotonía. También probé el sabor de la gloria con los canelones rellenos de queso ricotta que hicieron que mi lengua se viniera en una sucesión de orgasmos prostáticos que no creía que existieran en esa parte de mi anatomía.

También merecen mención los daiquiris de la bienvenida, aunque en nuestra cristocentrica situación el alcohol fue reemplazado por jugo de naranja, lo cual no evitó que yo me tomara tres. Además siempre estuvieron las piñadas heladas perfectas para después de volver del mar, aunque estuvieron a punto de provocarme una infección nasal. Pero obviamente no iba yo a a quedarme sin probar el pecado, así que aprovechándome de la ingenuidad del mesero durante la cena pedí la especialidad de la casa que consistía en una interesante mezcla de licor de melón, ron y vodka que daban como resultado un sabor dulzón y amargo, repulsivo al principio pero delicioso al final. A la mañana siguiente y no obstante que fue solo un vasito, la cabeza me daba vueltas y parecía que me iba a estallar…

Y aunque disfruté muchísimo de la holgazanería, la glotonería y el panorama, no estuve exento de tiempos aciagos. Debí compartir habitación con un desconocido de aspecto estrafalario y conducta más seria, reservada y misteriosa que la mía que un principio me asustó pero que luego terminó por seducirme. Y como no iba yo a infatuarme si además de pasearse en cortos calzoncillos delante de mí mientras se rascaba los huevos intercambiamos algunas ideas y compartimos el gel para el cabello (el suyo se había terminado) así como uno que otro fluido puesto que el genio utilizó la bañera pero no abrió el desagüe dejándome a mí la desagradable tarea de meter mano en el agua de su trasero para poder desalojarla. Pero creo que el golpe final fue cuando se afeitó y la bestia se convirtió en princípe, un príncipe que ya tenía una novia con la que se besuqueaba en la soledad de los pasillos del hotel junto a la alberca, mientras yo aguardaba que el volviera a la habitación y su ritual para antes de dormir, donde por unos segundos quedaba desnudo y a mi me dejeaba gimiente deseando poder recorrer su viril cuerpo en un arrebato mortal de sexo y pasión…

Al final superé el trauma y me dediqué a vivir la vida. Es decir, me dediqué a acosar con la mirada a cuanto hombre pasara delante de mí aunque no logré cazar absolutamente nada, torturándome al mismo tiempo con una morbosa abstinencia. Y así, finalmente ayer a las doce del día, entregué habitación (de la que me despedí con un gesto de melancolía) e inicié un interminable periplo de doce horas para volver a casa.

En suma, puedo decir que este fin de semana encontré el paraíso, lo viví y lo disfruté pero tuve que dejarlo ir porque este tipo de placeres solo se consiguen con dinero. Hoy he vuelto a mi realidad de todos los días, pero creo que se soporta mejor tras varios días de solaz…

He escrito esta entrada sin muchos detalles puesto que prácticamente  a las seis de la mañana que llegué, dejé las maletas y salí para el trabajo. No he dormido casi nada en veinticuatro horas y eso comienza a pesar… Pero la aventura me resultó fascinante y estoy dispuesto a repetirla, pero esta vez ajeno a inhibiciones y limites… libre por completo…

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