Crisis y austeridad

Obtuve mi primer trabajo formal en 2010 tras ocho meses de esclavismo en las prácticas profesionales, pretendiendo ser el trabajador ideal: dócil, eficiente y resignado. Quedarme en el INFONAVIT fue mi objetivo desde el principio, me agradaba trabajar allí, totalmente lejos del matriarcado, con un trabajo monótono, repetitivo, sin sorpresas, afín a mi carrera pero sin tener que quebrarme intentando defenderme de las autoridades fiscales, pues en cambio sería yo el villano de la historia. Desafortunadamente, soy hombre; la docilidad, eficiencia y resignación  son cualidades que nada tienen que hacer frente a unos enormes senos, a la descarada insinuación sexual y piernas más o menos decentes. Así pues, cuando me pidieron que me quedara no fue precisamente con miras a postular para una plaza o mínimo aparecer en la nómina de la institución. No. Me subcontrataron de mala gana en uno de los despachos adyacentes pagándome una puta miseria muy, muy lejana de la apetecible catorcena de las zorras. Un mes después, hube de partir cuando se abrió ante mí un horizonte lejano que me arrastraba de vuelta al matriarcado, pero con un sueldo que cuadruplicaba el anterior. Abandoné el INFONAVIT un 14 de enero de 2011, con la buena expectativa de que cuando me despidieran encontraba las puertas abiertas (palabras motivantes de mi ex jefe).

Y desde entonces he estado acá, facturando electrónicamente, remendando y sobreviviendo. La paga no es mala. El horario es bastante libre. El trabajo no es mucho. ¿Qué más podría pedir? Pero lo bueno dura poco. Tras poco más de un año, el paraíso está por derrumbarse. La crisis mundial ha alcanzado a este holding y aunque no todo está escrito todo parece apuntar a que habré de quedarme sin trabajo. Eso quiere decir que tendré que olvidarme de este modesto pero agradable tren de vida: adiós al cine, al internet, a la televisión satelital, a las compras compulsivas, a las tardes de pizza, a las noches de frappé en algún rincón de la ciudad con los amigos. Significa también, que tendré que buscar otro trabajo, uno normal con gente horrible, con horarios horribles y con un sueldo horrible. Significa que me veré inmerso en el jueguito que día a día viven la mayor parte de los mexicanos: trabajar para ganar un sueldo minúsculo que se gasta mayormente en el pago de transporte público y que se agota a media quincena, que no alcanza ni para comer bien.

Al traste se van mis vacaciones en la riviera, el lumia 900 y mi suntuosa fiesta de cumpleaños. De un momento para acá el futuro se torna gris e incierto.  De ahora en adelante solo habrá televisa y TV Azteca, un Smartphone inútil que solo servirá para hacer y recibir llamadas, y viajes espontáneos al municipio vecino para espantar el estrés. Dejaré de pasearme por Sanborns para no antojarme los libros que nunca compré cuando pude y no quise. Dejaré de pasearme por Altabrisa y sus tiendas de ropa costosa para desplazarme por los pasillos del Chedraui cercano a mi casa. Y me arrojaré a la rueda de la vida de la prole en general. Creo que estoy siendo fatalista, dramático y patético. Pero es que he vivido durante años en la austeridad y ahora que pude darme mis lujos y mis pequeños gustos en tiempo y forma… Al contrario de María Mercedes mi felicidad el dinero si compró… ¡Oh Dios, es tan difícil!

¿Y si no encuentro trabajo? ¿Tendré que ir a vender chicles a los cruceros? ¿Tendré que disfrazarme de payaso y hacer malabares? Ya sé, me llevaré a mi padre enfermo y pediré dinero para la receta. O mejor aún, seré prostituto y un día apareceré con las tripas de fuera flotando en un río.

Antes que la tormenta llegue, disfrutaré de la calma pasajera: el próximo fin me iré al cine, comeré una buena dosis de comida chatarra, recorreré la mejor plaza de Villahermosa y luego regresaré a casa con cara de compungido a soportar la miseria. Pero no quiero pensar en eso ahora. Lo haré mañana. Después de todo, mañana será otro día… (el que entendió entendió).

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