Cuando un extraño llama

Una semana loca sazonada con dos incógnitas oscuras y potencialmente peligrosas que se nos aparecieron de pronto, así sin avisar pero que alejaron la monotonía de nuestras aburridas vidas.

El acosador de la mala ortografía

Con estos líos del conato de infarto, mi papá acudió sin rechistar a su cita con el médico familiar y en el sube y baja de los taxis perdió su cartera negra. Sólo tenía $40.00 pero lo que más le dolió es que no podrá votar por Obrador. El asunto es que se desesperó tanto que puso una alerta en las principales radio difusoras de Villahermosa proporcionando los números de casa para cualquier información. Eso ocurrió el viernes antes del anochecer. Las respuestas comenzaron a llegar a la madrugada del sábado, cuando mi móvil (que había olvidado apagar) timbró cerca de las cuatro de la mañana, un número desconocido. No le dí importancia hasta que cerca de las siete recibí también un mensaje que decía: “Lloencntr unacart ngra tirada p.r.segusosial dmfx esull’ ” Sí, así decía este jeroglífico ininteligible que a duras penas medio logré descifrar. Contesté que en efecto, dicha cartera me pertenecía y luego me respondieron: “Mandemesaldo.para desirle nende pued recuperala .ntg saldo espesokeaigasalido el ultm msj” y tras detener el sangrado ocular ante tamaño destrozo de la ortografía me fui derechito a mandarle saldo a este cabrón arrabalero y analfabeta. Obvio no. Habría que ser muy pendejo para caer en una trampa de estas y yo no lo soy aún a ese nivel. En fin que di por terminado el asunto. Pero la pesadilla apenas había comenzado pues empezaron a llamarnos. Primero era un timbrazo. Luego, si marcabas el número misterioso descolgaban la bocina pero solo se oía una música rara. La siguiente etapa fue de dos timbrazos y si marcabas no te contestaban. Pero la cuestión más tétrica eran los timbrazos en la madrugada.

Y ésta es la cara que ponía cada vez que el teléfono sonaba…

Generalmente, las veces que nos han llamado de noche es para darnos malas noticias así que siendo yo el más próximo al teléfono era quien se levantaba sonámbulo para contestar. Pero solo había silencio. Y allí, en medio de la oscuridad de la sala me queda estupefacto recordando la película de la niñera y preguntándome si el asesino no estaría ahora mismo observándome entre los barrotes de la escalera. Entonces regresaba como un bólido a mi sofá cama y me cubría de pies a cabeza con mi colcha (así de patético) justo cuando el teléfono volvía a sonar y mis nervios terminaban de crisparse y yo no podía volver a dormir hasta justo media hora antes de que fuera momento de levantarse. La situación se repitió hasta el lunes, cuando ya optábamos por descolgar el teléfono y a mi madre ya la había insultado el vulgar acosador que no quería que le siguieran jodiendo la verga (descaro épico). El martes por la tarde, llamaron buscando a una tal Kristell. Fue madre la encargada de responder y tras alegar que no había nadie con ese nombre, checó el registro de llamadas, era el mismo número acosador. Devolvimos la llamada y nos respondieron, esta vez con calma. El interlocutor alegó ser el dueño del móvil y que lo había prestado a alguno de sus amigos todo el fin de semana (ay si ay si) y que alguno de ellos fue el encargado de hacernos esta pesada bromita. Tras unas duras recriminaciones recibimos una escueta disculpa y quedó zanjado el asunto. No han vuelto a llamar desde entonces, mi padre no ha recuperado su cartera.

Un extraño rastrojo de papeles

El mismo día que se resolvió el asunto del acosador regresábamos del trabajo a pie ( el automóvil en el taller para variar) cuando caminando por una relativamente desolada calle nos encontramos un extraño montón de papeles, credenciales y tarjetas que por la fuerza del viento comenzaban a desperdigarse por todos lados. No habríamos prestado atención sino fuera porque también habían cheques en blanco. Me extraño la iniciativa de mi madre para investigar algo sin importancia y tras verificar descubrimos que había cosas muy importantes allí: eran las pertenencias de un mexicano con frecuentes viajes al extranjero y con un claro poder adquisitivo. Comenzamos a elucubrar teorías de que podría haber pasado. Primero mi madre dijo que probablemente se trataba de un estúpido cliente de TELMEX que dejó su maletín sobre el techo de la camioneta y luego arrancó. Desestimé su idea pues los papeles estaban en un montoncito casi arregladito, como si los hubieran vaciado todos juntos de una sola vez. Luego mi madre pensó en un secuestro. Y entonces yo dije ¿porqué vaciar los papeles? Entonces un levantón dijo mi madre. ¿No debería estar entonces el carro y policías? repelé. No, dije, sospecho que alguien se robó un maletín, vació los papeles y se quedó con él. Al final la curiosidad pudo más que la prudencia, me fui a Superama a por una bolsa y recogimos las cosas más importantes y nos las llevamos a casa aún sin decidir si llamábamos desde un número público o no. Nada más llegar ingresé el nombre de la persona al Internet para ver si coincidía con alguna noticia de secuestro, desaparición o ejecución. Todo normal. Hallé un perfil de Facebook donde dejé por inbox la explicación de que tenía sus pertenencias. También había un perfil de Linkedln donde ponía que era dueño de una empresa que prestaba servicios de hotelería. Entre sus cosas encontré un pasaporte y un número telefónico. Llamé pero nadie contestaba. Mi madre tuvo más suerte y logró contactar con el susodicho. Finalmente supimos que había pasado: el señor asistió a una convención en el Parque Tabasco, no muy lejos de donde encontramos sus papeles. Le reventaron una ventana al coche y le robaron su computadora portátil donde llevaba también los documentos. Así, los ladrones se alejaron un poco y tras comprobar que no podrían utilizar las tarjetas o cheques (ni las tarjetas de regalo de Gandhi) las abandonaron (¡Ja, mi mente detectivesca no andaba tan errada!). Únicamente se llevaron el chip de la banda ancha y la laptop. Bueno, menos mal que el tío estaba vivo, pero yo ya me veía en una intriga conspiratoria donde andaría a salto de mata…

Hace unas horas el señor vino por sus cosas y nos regaló $500.00 de los que yo obtuve $200.00 aunque claro está, hubiera preferido un par de tarjetas amarillas porque hay unos libros que francamente se me antojan bastante. Lo dicho, no se puede tener todo en esta vida.

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