In memoriam Xena

Dicen que a tercera va la vencida y en este caso así fue con Xena. Primero fue Lobo, un risueño pastor alemán que llegó a nosotros ante mi insistencia de tener una mascota. Pronto fue la joya de la familia, pero el encanto duró poco porque una lluviosa mañana de no recuerdo que año, se puso a perseguir una cucaracha en la segunda planta, metió el hocico en una lámina y murió electrocutado porque esta hacía contacto con un cable de alta tensión. Mi padre alcanzó a verlo con vida, pero murió segundos después. Fue un día de luto inmenso.

Luego vino Peluche. También era pastor alemán con pintas de Alaska Malamute y una cola comida de luna. Era hermoso y travieso, tan travieso que un día se comió un poco de veneno que halló tirado también en la segunda planta. Lo llevamos con un negligente veterinario que no le dio las atenciones adecuadas y le dio un tratamiento nada efectivo que lo mantuvo en pie hasta la tarde, cuando su higado no dio para más y se quedó tiradote. Lo internamos pero era demasiado tarde, murió en la madrugada.

Su reemplazo fue Xena: la última de la camada a la que nadie quiso porque había perdido el encanto de los cachorros muy pequeños. Prácticamente esta fue un regalo.Le puse Xena por dos razones: porque en esa época estaba obsesionado con la serie homonima y porque esperaba que fuera una perra bravía e invencible. Tamaña decepción, resultó ser todo lo contrario.

Xena era mucho mejor que un humano: su mirada transmitía ternura, amor infinito, comprensión y calma. Ladraba nada más por no dejar pero nunca tenía la intención de hacer verdadero daño. Tenía la habilidad de empatizar con humanos y animales y siempre iba en auxilio del desvalido, del extraño sin importar si era perro, gato o un niño con el pañal sucio. Sin embargo, también tenía un aguijón clavado en la carne: sufría displasia y cargó con ese mal desde muy joven. Al principio no le prestamos atención pero conforme los años se le recargaron tuvimos que darle tratamiento. Se tragó frascos enteros de Artoflex, pero la mejoría era momentánea.

Xena vivió con nosotros nueve años, más que cualquiera de nuestras mascotas, menos de lo que hubiéramos deseados de un animal tan noble. Un día dejó de comer y al otro ya no pudo levantarse. Pronto empezaron a formarsele llegas y el dolor no la dejaba dormir. Decidimos que había que sacrificarla. La intención era que no sufriera (aunque yo propuse quebrarle el cuello, para que nos saliera más barato). Contactamos a un veterinario y sedativo en mano se dispuso a dormirla. La sacamos de su rincón y la llevamos a rastras a un lugar más iluminado, el animal no dejó de gritar un solo instante. El doctor trató de inyectarle la vena, pero ya no encontró circulación. Entonces tuvo que apuntarle directo al corazón. Le dio tres piquetes certeros y el animal luchó como nunca. Se quejó, se convulsionó, se orinó del dolor y luego se fue poniendo rígida, a la par que su respiración se hacía cada vez infrecuente. Sus ojos se pusieron opacos y tras un estertor final se quedó quieta en el amargo estado de la muerte. A mis padres no les permitieron quedarse, yo me quedé por la morbosidad de mirar a la muerte a los ojos. Debo admitir que no sentí nada: ni miedo, ni nauseas ni lastima. Fue todo una indiferencia total ante la partida de un ser tan fiel que me espanté por mi insensibilidad.

La enterraron en la última jardinera libre de nuestro terreno. Y hacer esto no fue cosa fácil. Antes hubo que cortar un árbol, extraer la raíz y  abrir un hoyo gigantesco. Luego la enrollaron y la dejaron en su reposo final. El funeral costó $900.00

Ahora sólo nos quedan los recuerdos de su belleza interior y su generosidad. Quedan también sus travesuras, como la manía de meter el hocico en el trasero de la gente, el robo furtivo de la comida en el comedor, la primera vez que cazó un mohon del excusado, que le valió su primer castigo y su primer llanto (en verdad lloró).

La niña, como la llamaban, la siempre virgen que en sus días de celo dejaba sangre por todos lados, ya está en paz. El dolor se fue. Dicen que todos los perros van al cielo, así que ella debe estar allá, dandole hocicazos a los angeles, o robandoles sus taquitos de maná mientras los mira con picardía e inocencia.

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