Sala de emergencias, historias de coraje

El infarto le dio en marzo pero nos enteramos hasta abril. Y es que fue el ataque tipíco de los diabeticos, ese que te duele, te jode, pero no te mata, así que ese dolor de pecho se lo atribuimos a la gastritis. Un mes después, la noche del lunes de esa semana de 2009 en que la influenza se convirtió en pandemia, mi papá no podía dormir porque se ahogaba si sentaba, se ahogaba si se acostaba y se ahogaba si se paraba. Salimos como a las 23:00 horas a deambular por los hospitales.

Al Rovirosa, el más cercano, no fuimos por temor a que estuviera lleno de infectados . Nos fuimos pues al hospital adventista, bastante vacío donde en cuestión de segundos el médico en turno nos advirtió que mi padre estaba infartado. Como a esas alturas todavía no eramos conscientes de la magnitud del problema no quisimos pagar los carisímos sevicios del lugar y nos trasladamos al otro hospital público, el Juan Graham, que estaba atestado de mil y un males, pero que en su entraña guardaba ya un pabellón en cuarentena  (médicos y enfermeras incluidos) con victimas de la influenza. Desconociendo la situación, nos quedamos toda la noche y el día siguiente, donde a mi papá lo atendieron de todo menos del infarto. Y es que los que lo atendieron eran médicos practicantes de la “Universidad de Calidad” que cual House sacaron una enfermedad de la manga y diagnosticaron a mi padre con fibrosis pulmonar y lo mandaron a inflar globos (literalmente), claro, todo después de clavarle un suero interminable. Espantados de tanta ineptitud tuvimos que regresarnos al hospital adventista donde el cardiólogo estrella (que resultó ser el director general del Hospital Inepto) analizó a mi papá revelando que se hallaba en un estado más que cercano a la muerte. Y allí se quedó internado dos días más. La parte fácil fue la de dormir torcido en los asientos traseros del carro. La parte difícil fue la de cuidarlo y pasarle el pato embarrado de orines. El viernes a medio día le dijeron que controlado estaba, pero que su diagnostico era reservado, bonito subterfugio que en realidad esconde un se puede morir en cualquier momento.

Ya han pasado tres años desde esa fatídica semana. La influenza se fue pero el infarto se quedó. Mi papá ha vivido regularmente en todo este tiempo, pero poco a poco se ha puesto más amarillo, más acabado, más cadáver. De vez en cuando le quiere dar el patatús (el desgraciado no se cuida) y cuando pela los ojos del susto sabemos que es momento de llevarlo al seguro social. La última sesión fue hace tres semanas, un viernes en que empezó a poner su cara de espanto ante la muerte y pidió que lo internaramos. Llegamos como a las  21:30 pero a él no lo ingresaron hasta las 23:00. Fueron casi dos horas espantosas, porque con el calor que hay, la gente de la sala de espera ya apestaba a rancio y si a eso le agregamos el tufo de los sanitarios y a que el lugar está encerrado… Claro está que fue algo entretenido. Vi de lejos a dos que tres compañeros de la preparatoria pero no me acerqué  a saludarlos. Me distraje un poco mirando a la gente que entraba y salía, disfrutando su cara de espanto, terror e indignación ante la burocracia. Había un viejito, de esos a los que la ranchería le sale por los poros, quejándose de tener perdida a una hija y que no sabia en que maldito hospital estaba. Había también una embarazada que nada más hacía bulto porque ni diltada estaba y una familia entera intoxicada por quien sabe qué.

No obstante, el premio a la emergencia de la noche se lo llevó una embarazada que llegó apenas sosteniéndose en pie. El marido se acercó a la ventanilla de la trabajadora social y dijo: “Señorita, ¿será que me la puedan atender?, parece que tiene un aborto” “¿Parece un aborto pendejo del demonio?, ¡vengo echando los pedazos!” repeló la mujer. La trabajadora social les respondió algo pero no oí qué. Acto seguido, la pareja salió echando chispas porque no los atendieron, a los ojos del IMSS un aborto no es cosa de emergencia. Y yo mirando con morbosidad para ver si realmente le iban escurriendo pedazos de gente entre las piernas mientras pensaba que aquello estaba más bueno que un episodio de E.R., los cuales eran más bien aburridos excepto por los finales de temporada.

Típico que a mi papá, nada más meterse le quitaron la ropa le clavaron una batita de esa que dejan las nalgas al aire, lo sentaron en una silla y le clavaron como no, un suero. ¿Porque coño todo lo arreglan con suero? Como le iban a hacer estudios, no sabían cuanto tiempo permanecerían allí, así que frescamente nos regresamos a dormir cerca de las 02:00. Regresamos a las 06:00 pero nos dijeron que la huevona doctora no llegaría hasta las 08:00 pero que las visitas eran hasta las 11:00. Dejamos nuestros teléfonos y nos fuimos a la iglesia. Regresamos a las 12:00, encontrando que mi papá había armado un alboroto en la sala de emergencia, porque le habían dado de alta bien temprano, porque habían perdido los teléfonos y porque a esas alturas todavía tenía clavado el suero, además de que le habían intentado hacer una radiografía para ver si no estaba fracturado (wtf?!) Todos estaban muy aliviados de que nos lo lleváramos. Al final nos dijeron algo que sabíamos desde hace tiempo: que una parte del corazón de mi padre estaba necrosado.

Deberían hacer un serial dramático similar al de Crichton: los servicios médicos mexicanos dan mucha tela de donde cortar, aunque realmente sería muy dificil encasillarlo, pues uno no sabe si esta realidad entraría en drama, terror o comedia.

Anuncios

¿Necesitas vomitar algo? Puedes hacerlo a continuación:

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s