Del síndrome de Down y transportes públicos

A decir de mi madre, hay capital suficiente para comprar un automóvil nuevo, pero como no es un bien durable, no quiere arriesgarse, sobre todo porque nuestra fuente de ingresos está que se tambalea. Como consecuencia de ello, tenemos que soportar los cambios de ánimo de nuestro coche en turno que tras cinco años y dos aparatosos choques empieza a ponerse insoportable. En lo que va del año se ha descompuesto cerca de cinco veces por causas diversas más algunos males misteriosos que van y vienen pero que aparecen en los momentos menos afortunados. En fin que tras entrar y salir de distintos talleres hoy hemos optado por ingresarlo al servicio de la agencia. Allí lo hemos dejado y bajo el calor del mediodía hemos debido hacer uso del transporte público que en mi ciudad se limita a cuatro incisos:

a) Combis: Transportes relativamente rápidos originados en la época arcaica que avanzan por la ciudad dando bandazos, con su estructura precariamente estable crujiendo incluso ante movimientos suaves, ni que decir de los bruscos. Sus operadores son seres humanos motivados y constreñidos por el instinto de supervivencia, dado que por llevar el pan a la mesa de su familia comprometen su seguridad y la de los pasajeros  que van más apretujados que un guajolote en caja de cartón. Carecen de aire acondicionado, por lo que son máquinas de tortura por sofocamiento. Suelen descomponerse a medio camino. El costo del pasaje es barato.

b) Transbuses: Aparatejos impuestos por el gobierno en turno, cuya mayor capacidad se ve desmerecida por su desesperante lentitud. Son conducidos por chóferes amaestrados sacados de la combis, pero que en el fondo conservan la insensatez y falta de sentido común característicos de su vida pasada. La forma de pago es bastante restringida y corrupta por que si no quieres ser estafado debes dar la cantidad exacta. Aunque poseen aire acondicionado, el humor rancio que emiten los cuerpos del sureste te hace desear poder abrir la ventana. ¿Ya mencione que son desesperantemente lentos?

c) Taxis: Rápidos, caros y peligrosos. Los choferes son de una especie híbrida entre conductor de combi y conductor de transbús, aunque los hay de caracter original, o sea, mucho peor. Es muy difícil hacerse con el servicio de estos bichos. Generalmente se pierde más tiempo esperando uno de estos que hacer el trayecto  en cualquiera de las opciones anteriores.

d) “Pochimóviles”: Triciclos adaptados a manera de vulgares calandrias. Peligrosos con un  alto índice de mortalidad. Generalmente se utilizan de forma local dentro de las colonias pero se han popularizado tanto que ya son dignos de ser tomados en cuenta.

Pues hoy hemos optado por las combis. Nos subimos a una que se apagaba a cada stop. Tardamos cerca de cuarenta minutos en hacer un trayecto que generalmente nos toma 20. Y salí espantado. Resulta que se subió una niña con síndrome de down, de alrededor de diez años, que era incapaz de hablar y que se quejaba del calor a gritos. Hasta ahí todo bien, hice gran parte del recorrido sonriendo tontamente mientras recordaba el infame meme de Heidi Crowter donde asegura que puede contar hasta papa, la indignación que causa y como su protesta terminó por volverse un meme también. Después elaboré dos que tres chistes de humor negro al respecto, que no relataré aquí para no herir susceptibilidades. En fin que lo peor no fue eso. Lo peor fue que la niña Down con toda y su precaria condición tuvo a bien venir manoseándome la pierna, si bien al principio creí que lo hacía inocentemente, luego pude comprobar que lo hacía con maña. Me dio ñañaras. Afortunadamente esta condición no es viral ni mucho menos, porque entonces estaría muy pero que muy jodido.

¿Soy un asco de persona si me burlo de las personas con “capacidades diferentes? Pues debo aceptar que también me molesta enormemente que las plazas comerciales dejen tanto espacio azul para virtuales usuarios con discapacidades, pues generalmente nunca son utilizados y uno tiene que estar dando vueltas y vueltas gastando gasolina por culpa de unos hijoputas que han tenido peor suerte que la mía.

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