Estados alterados de mi conciencia

En el último año me han nombrado de muchas formas distintas, pero todas con una evidente intencionalidad de fastidiarme en la existencia más que de describirme realmente. Así y a la fecha que este escrito se realiza soy, a los ojos del mundo un raro, amargado, antisocial y anarquista. ¿Debería sentirme ofendido? Francamente no lo sé. Debería eso sí, sentirme agradecido puesto que toda mi vida he andado con la muda súplica “¡defíneme!, ¡defíneme!” y hay quienes se han tomado pues, la molestia de hacerlo. El punto es que en realidad, no sé si tengan razón, si estas etiquetas sean suficientes.

Tengo vagos recuerdos de haber sido un niño encantador, aunque no puedo precisar en qué momento este se perdió. Sin lugar a dudas el cisma tuvo un papel importante en esta transformación, pero no fue decisivo, pues quizá era algo que venía gestándose desde mi nacimiento. Me gusta ser quien soy. Poseo una personalidad oscura, estrafalaria, repelente. Siempre tengo mucho que decir, pero generalmente termino por no decir nunca nada, porque la gente no me entiende. Es como si yo habitara en otras frecuencias, en un plano distinto al que avanza el 99.9999% restante de la humanidad. De la abundancia del corazón habla la boca, dice un libro por ahí, y ciertamente mi boca habla de cosas sombrías, discordantes, desencantadas de la vida. Y no es que sea un imbécil depresivo que va lanzando malos augurios por ahí. Pero hay ocasiones en que la realidad es tan evidente que las pretensiones deben ser aniquiladas si no tienen los pies sobre la tierra.  Además, soy un soñador frustrado que se inclina insistentemente hacia lo onírico y lo idílico aún a conciencia de que jamás podrá alcanzarlos, porque simplemente no existen, y si lo hicieran, dejarían de ser. ¿Contradictorio? Sí, sobre todo porque me irritan las personas idealistas que CREEN a pies juntillas que sus emociones, sentimientos y buenas intenciones sirven para algo. Puedo ponerme también la etiqueta de cínico moderno, un desconfiado mordaz que duda de las buenas intenciones y a quien repelen las demostraciones afectuosas. En ese sentido, soy como un tío con asperger pero sin la inteligencia: recibir un halago, un abrazo o un cariño de alguien más me confunde a tal grado que termino por empaquetarlo y desestimarlo. Para mí todos mienten, todos son hipócritas, todos buscan algo.  Por lo consiguiente, no acostumbro expresar mis sentimientos y emociones, por lo cual soy un poco frío. Pero cuando lo hago, quien lo reciba podrá tener por seguro que es intensamente genuino. Mi humor es mutable. Bipolar, diría Alo. De un estado neutro puedo pasar a feliz con la más mínima excusa, y con la misma facilidad ponerme irracionalmente irascible: Explosivo, destructor, acérrimo enemigo rencoroso que finge que persona pero nunca olvida. También tiendo mucho a la melancolía. Me gusta estar solo. Disfruto la ausencia y el silencio. Pero de pronto, un recuerdo, una canción, una imagen, una idea, detona esa soledad intrínseca y genética, la dispersa por mi cuerpo y me asesta un golpe en el cogote donde se forma un nudo que no más no se quiere desanudar. Y no lloro no porque no quiera, sino porque no puedo. Hace tiempo que dejé de practicar algo tan degradante y olvidé como hacerlo. Entonces me lleno de desesperación. Una desesperación que a veces viene sola y me mantiene ansioso todo el tiempo. Y lo gracioso es que cuando la melancolía se va, la extraño. Entonces también soy masoquista.

Es verdad que las relaciones interpersonales me cuestan un huevo y la mitad de otro,  y me toma mucho tiempo agarrarle cariño y confianza a alguien. Nunca tomo la iniciativa (tómame o déjame) puesto que no gusto de imponerle mi presencia a quienes no la desean. Es cierto que todos necesitamos de todos, pero también es cierto que puedes apañartelas muy bien sin la impertinencia de terceros. Siempre tengo mucho que decir, pero hacerme entender de forma oral me resulta increíblemente difícil así que generalmente nunca digo mucho. Prefiero escribir. Mis preferencias existenciales son bastante específicas e inusuales, pues nunca sigo el mainstream al pie de la letra, no porque no quiera sino porque soy bastante despistado. Así, o vivo en el pasado o tomo lo alternativo como lo inn. Pero siempre estoy en un punto diferente. Y con el correr de los años le he cogido el gusto a ser un cabrón en medio de tanto borrego. Se siente bien en verdad, muy satisfactorio.

¿Anarquista yo? ¿Cuestionar la autoridad es anarquismo? Mientras que la gente común acepta las reglas sin rechistar, yo obvio (deshecho) las reglas accesorias, absurdas, irracionales e impositivas sin cuya presencia el mundo permanece en su orden.

Sí, soy raro, amargado, antisocial y anarquista. Y los demás gustan de señalármelo como si fuera pecado. ¿Qué culpa tengo yo de que ellos sean tan normales? ¿Qué los demás no se atrevan a descubrir y practicar su verdadera esencia? Que me dejen en paz a mí y a mi mundo. Soy feliz en mi infelicidad y en mi miseria. A ellos nada les costaría lograrlo si quisieran.

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Un pensamiento en “Estados alterados de mi conciencia

  1. Razonable, no puedo más que elogiarte con una crítica moderada, la juventud aplica, te falta mucho por conocer, por razonar, por aprender, tus sentimientos deben pasar aún por muchas pruebas, lo que es cierto, es que tienes TODO EL TIEMPO DEL MUNDO, que lo que le queda es subjetivo, sólo me queda decirte, indaga, indaga, indaga, cuando el corazón se doble, habrás encontrado el principio de algo formidable, como si hubieses encontrado un meteorito, va. Ese será el comienzo de algo para TI formidable.

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