Caminar, por ejemplo

Pocas cosas en mi vida son sencillas e imprescindibles al mismo tiempo. Caminar, por ejemplo, es una de ellas. Los días que no salgo a caminar son funestos para mí. Caminar se ha vuelto muy importante, tanto si bajo de peso como si no, porque en el acto de caminar esa soledad intrínseca de mi persona se vuelve exquisita y satisfactoria, aunque he de confesar que levantarme temprano para realizar una actividad física  no me pone de muy buen humor que digamos. Pero ese mal humor es pasajero, pues pronto es reemplazada por el entusiasmo y el anhelo de ser un chico delgado, de cuerpo marcado que tengas pectorales de acero en vez de tetas grasosas. Sí, soy muy ingenuo en ese sentido, porque los cambios son minúsculos, pero he hallado otros beneficios colaterales que no tenía contemplados. Que bendición la mía, las mejores cosas de mi vida resultan de planes que se van al traste, pero en fin.

Con el horario de invierno me pongo en acción cerca de las 06:30, la hora cuando el sol ya ha despuntado en el horizonte pero la mañana conserva su frescura. Vivo en las zonas límites de la ciudad, así que mi rutina consiste en desplazarme sobre el anillo periférico correspondiente a mi localidad que en días hábiles está atestado de automóviles, tráileres y demás vehículos de construcción y transporte.

En un principio solía caminar en dirección izquierda, pero en las últimas semanas he optado por ir hacia la derecha, cuyo camino es más tortuoso ya que incluye ascensos, descensos, arenales y terracería. Llevo conmigo mi teléfono móvil con su peculiar colección de música y aunque soy bastante tímido y no me gusta hacer ridículos, soy consciente que a esa hora de la mañana todos los conductores están ocupados en no llegar tarde, así que aprovechando la exclusividad de  mis pasos por ese lado, me pongo a cantar en mal spanglish, en voz altísima y los ojos bien cerrados. Cantar no es uno de mis talentos, lo sé muy bien, pero de igual forma lo hago porque a mí, la música me gusta en movimiento.

Cuando combinas caminar y cantar, puedes sentir como los sonidos y los ritmos llenan tu alma, convirtiéndote en una persona distinta pues te permite dejar de lado tus preocupaciones y miedos. A mí, también me da una sensación de libertad: andar sobre la acera, con los matorrales apenas permitiendo trozos intermitentes de sol en tu rostro sintiendo la fresca brisa del río ya lejano, mientras caminas, caminas y caminas oyendo tu propia voz, abstrayéndote del resto de la humanidad como si fueras único… Simplemente de pensarlo me dan ganas de estar allí.

Cuando no canto, pienso. Mucho de lo plasmado en este rincón se ha hilado principalmente en esas caminatas. Es mi oportunidad de reflexión, de autodescubrimiento. Con las responsabilidades propias de la vida adulta, las oportunidades de encontrarme conmigo mismo son más bien escasas. Por eso en las mañanas disfruto enormemente de oír solamente mi voz retumbando en mi consciencia, preguntándose y respondiéndose ella misma sobre cosas intrascendentes e importantes al mismo tiempo. Es además, la única oportunidad de entrar a ese mundo fantástico que me he construido desde hace mucho tiempo ya, y que se ha visto desplazado a pasos agigantados por pedazos de realidad. Me gusta ese mundo tan personal, donde sin interrupciones puedo remendar los trozos rotos de mi alma, fortalecer ideologías o simplemente descansar del día a día.

Cuando no pienso, contemplo. Me gusta admirar la majestuosidad del paisaje, afeado por la expansión de la ciudad. Principalmente disfruto la vista del río iluminado por el sol naciente que hace refulgir las aguas cristalinas. También me gusta mirar las nubes con sus formas extrañas que en ocasiones terminan por pulverizarse en forma de negras tormentas.  De igual manera me gusta mirar los rostros de las personas que se cruzan en mi camino y trato de descifrar los códigos secretos de sus expresiones, en un vano esfuerzo por conocer su historia. Cuando contemplo, a veces también sonrío, como aquella vez que me topé con un par de perros en pleno coito, echándose el mañanero. Cuando contemplo a veces lloro, como aquella vez que me topé con un perro flaco, atado a una palmera, donde seguramente habita bajo el sol ardiente y la lluvia inclemente.

Lo que para muchos es una actividad corriente y sin gracia, a mí me llena de maneras insospechadas, pues voy coleccionando escenas y contrastes que van impregnándose de mi persona. Caminar es para mí, fuente de sentimientos y fuente de pensamientos. Caminar me hace, aunque sea por un fugaz momento, más humano.

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