El acosador acosado

El proyecto A.L.D.O. se está volviendo por momentos inquietante. Inesperadamente, me he visto colocado en la otra cara de la moneda: en medio de la cacería me he convertido en presa.

Lo miré unas cuantas veces con mi identidad verdadera y aunque intenté contactarlo jamás me prestó atención así que dejé el asunto por la paz. A mi alter ego le creé una cuenta en Badoo y ¡zaz! Él fue uno de los primeros en contactarme. Rápidamente y antes de que pudiera responderle ya me había mandado su correo electrónico. Se llama Arturo y tiene una mirada fiera. Lo agregué al Messenger pero por varios días jamás coincidimos para poder charlar. Yo mientras tanto, le dejé un mensaje con mi correo. De repente, me di cuenta que me estaba dejando mensajes en Badoo casi todos los días lamentándose el no haberme podido contactar todavía y hasta me proporcionó su número de teléfono. Me pedía el mío, pero decidí no dárselo hasta saber con quién estaba tratando.

Finalmente, una noche, nos encontramos en el chat. ¿Qué puedo decir de él? Es un hombre realmente fiero: fiero en su mirada, fiero en su forma de pensar, fiero en sus palabras, aunque sean escritas. Me da la impresión que le gusta el sexo salvaje, sin inhibiciones.  Su ímpetu me asusta pero al mismo tiempo me excita. Es unos diez años mayor que yo, gay de clóset que vive con sus padres y al igual que muchos de nosotros vive una mentira pues siempre ha tenido citas con mujeres. Busca una relación estable, pero el mismo tiempo ilícita, pues no está dispuesto a asumir su verdadera identidad ante su círculo social. Luce algo atractivo. Es también de esos gays que se creen la quinta esencia y que sin tener cuerpo de modelo exigen de sus parejas que no sean gordas. Es quiropráctico (o radiólogo) en un hospital público y por poco me cacha en mi mentira pues mi perfil revela que trabajo también en uno, y muy conocido. Afortunadamente logré salir del paso y tapar la mentira con otra mentira. Es también muy tajante en el aspecto de la preparación educativa y profesional (es requisito indispensable) pues no admite flojos ni mantenidos. Me ha insistido (sí, insistido) en que le dé mi número de teléfono y puedo sentir su impaciencia a través de su palabra escrita a tal grado que me sentí presionado a dárselo y lo hice, aunque finalmente cambié un dígito por otro, para más adelante poder resarcir mi falta con un supuesto error de teclado. Como era de suponer, no tardó mucho en llamarme para concertar una cita. Afortunadamente el dueño del número aleatorio que le proporcioné no contestó.  Y él realmente cree que la cosa va en serio. Me lo dijo sin pelos en la lengua: le intereso y quiere conocerme en persona. Si las cosas fueran diferentes y el Yo real cumpliera con sus expectativas, tendría mis reticencias al respecto: he leído suficiente de él como para sospechar que es una persona violenta, que se aíra y ofende fácilmente. Esto lo sé por las conversaciones que hemos mantenido unas noches atrás. Debo decir que a pesar de todo, Él me cautiva.

Si tuviera la oportunidad de tener una cita con él, tal vez estuviera camino a mi perdición: quizá me invitara a su casa, quizá tuviéramos una intensa sesión de sexo bizarro, quizá en un arranque de locura él colocara sus manos sobre mi cuello y apretara hasta hacerla crujir, arrancándome la vida y dejando mi cadáver en algún terreno baldío, o en el fondo del agua o cortado en varias piezas en bolsas de basura.

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