Más acá de la muerte

Permanecí muerto exactamente veinticuatro horas  y han pasado otras doce desde mi extraña resurrección Aún no salgo de mi aturdimiento. Cuando tengo los ojos abiertos  la cabeza no para de dar vueltas en una vorágine insoportable, todo gracias a la luz del día. También el ruido me confunde. De hecho, he debido tapiar puertas y ventanas en un vano intento por aislar  el silencio y las sombras. Más todo ha sido inútil. Más tarde que temprano un rayo de sol o el llanto de un bebé se cuelan por algún resquicio invisible para torturarme los sentidos. Tampoco  he dormido gran cosa, en cuanto cierro los ojos una angustia se apodera de mí, empujándome a una vigilia eterna, seguramente mi inconsciente se  resiste a caer de nuevo bajo el influjo de la Muerte.

La herida ha cicatrizado casi a la perfección. Ahora tan solo queda una pronunciada pero débil línea rosada a la altura de mi pezón izquierdo. Mi pierna también se ha restablecido. No hay gusanos, sangre, no hay pus, no hay putrefacción: la carne está limpia y suave, fuerte, incluso de mejor aspecto que antes de la enfermedad. Anoche quemé las sabanas empapadas de sangre y fluidos corporales pues empezaban a enrarecer el ambiente con un olor  a descomposición. Resultó agradable respirar la brisa nocturna y aunque tuve cuidado de hacerlo cuando nadie pudiera verme, alguno que otro vecino se asomó por la ventana para curiosear al chico del extraño comportamiento. Estúpidos vecinos, siempre cuchicheando a tus espaldas, ojalá pudiera matarlos. Ojalá.

Aún siento ansia por la carne y por la sangre, así que  he comenzado por devorar las aves y carnes guardadas en el congelador. ¡Suculento! Es morbosamente placentero desgarrar, masticar, engullir; saborear la sangre coagulada, destripar las volutas con la punta de la lengua. ¿No lo has intentado? Te reto a que lo hagas. Pronto esto no será suficiente. Un instinto nuevo en mí me incita a matar como un animal salvaje. Quiero cazar a mi presa y arrancarle el hálito de vida yo mismo. Es el mismo instinto de antes, el que me apartó de mi familia…

Mi familia. No he vuelto a saber nada de ellos. El teléfono, extrañamente, tampoco ha sonado. Y para ser honestos, tampoco he hecho un gran esfuerzo por comunicarme con ellos. En realidad me despiertan una fría y genuina indiferencia aunque sé muy bien que tarde o temprano tendré que reencontrarme con ellos. Pero mientras llega ese momento me dedico a merodear por la casa sumido en meditaciones oscuras. Ni siquiera enciendo la radio o la televisión, tan sólo la computadora, más no hay nada nuevo debajo del sol.

Cuando me miro al espejo  veo a un ser humano completamente normal. Es decir, esperaría, con cierto gusto, encontrar a un zombi lleno de pústulas olorosas, con los ojos blanqueados y la mandíbula desencajada. Pero no, el Yo que me mira desde la pulida superficie  es un ojeroso Yo relativamente saludable, no es el rostro de alguien que hubiera emergido del mundo de las Tinieblas. Mi transpiración es un tanto anormal. Si bien el sudor es de nuevo transparente, emite un olor extraño, imposible de precisar. Mi orina está lejos de ser dorada, conserva ciertos trazos carmesí… y no abundaré en mis materias fecales aunque apuntaré que conservan una incierta fragancia a rosas. ¿Puedes creerlo? Hace falta morir para alcanzar el mejor momento de tu vida…

Mis habilidades cognitivas permanecen intactas. Mi memoria  está perfecta (aunque existen borrones durante los días de la enfermedad) y tengo problemas con el asunto de las s y c, pero eso ha sido de siempre. Sin embargo he notado que mis habilidades físicas han mejorado notablemente, así como mi visión, pues los molestos puntos escurridizos se han esfumado.

Los días pasarán y habré de reintegrarme a la sociedad con todas las putas molestias que eso implica. Recuerdo mi clamor arrepentido en los segundos previos al suicidio, ¡pendejadas! Me he dado una segunda oportunidad y no voy a desaprovecharla. Vencí al Hades sin proponérmelo, así que eso debe ser señal de algo grandioso. Tengo curiosidad por saber a dónde me lleva este nuevo camino. Mientras tanto, continuaré siendo quien siempre he sido: un insidioso insano hacinado en un lejano rincón atestado de pecados.

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