Extrañas resurrecciones

Estaba tan dispuesto a disfrutar la agonía de la muerte que incluso aquel decisivo momento pasó desapercibido. Tan sólo recuerdo un agudo dolor que se extendió desde mi pecho al resto del cuerpo, (el instante que el cuchillo se abrió paso entre las carnes) pero fue una molestia momentánea. En cuestión de microsegundos, toda sensibilidad, toda emoción, todo sentimiento pareció desvanecerse en el éter y mis sentidos se extraviaron en una espiral que borró la realidad que me rodeaba. Las luces se apagaron, el mundo se apagó, es más correcto decirlo. Y de pronto ya estaba muerto.

No hubo una luz cegadora que me indicara algún camino a seguir. No hubo cielo ni Infierno. Diablos, y yo que tenía ganas de saludar a San Pedro. Me encontraba yo en medio de una Nada Absoluta, un extraño vacío carente de materia, carente de sonidos, repleto de terrores. No podía ver, no podía oír, no podía sentir. Creí hallarme pues a salvo. Libre de mis pecados, sin derecho a reclamar un cielo inexistente pero dichoso de encontrarme fuera de un averno ausente. “No es pues, tan mala la muerte” pensé. “Es mucho mejor que lo que he dejado atrás”. Sin embargo, en mi interior se arremolinaban aquellos miedos perpetuos que incluso en la muerte se negaban a abandonarme. Eran estos demonios mil y un fuegos malditos que abrasaban mi alma condenada partiéndole las entrañas, inquietándola aún en el sueño. Pronto sentí que me ahogaba en una viscosa desesperación a la que pronto se aunó una melancolía inmensa por los recuerdos buenos y malos que atropellaban mi conciencia empujándome a un llanto que nada más no se atrevía a brotar. Esa ansia mordiente de necesitada liberación era peor que mil desgarradores latigazos. ¡Estaba muriendo sin morir! (Si acaso eso es posible cuando ya simplemente no existes). Fue entonces cuando me di cuenta de lo que estaba pasando: Para mí no había llamas ni tridentes que laceraran la piel, para mí simplemente quedaba la agonía. ¡Aquel era mi cruento castigo para la eternidad!

Son terribles los dolores del alma. Cuando los mortales las sufren, les queda el último recurso de la muerte, cruel liberadora. Pero para quien ya ha traspasado el umbral, la muerte se convierte en maldición pues se ha tocado el fondo de la predestinación humana.  No hay otro camino que seguir más que el de una muda resignación. Pero la resignación no ha sido nunca una opción. Sumergido en aquella podredumbre, me reclamé a mi mismo la cobardía de haber cedido ante la tentación de una salida sencilla que no hizo sino conducirme a un estado peor. Lleno de rabia, estremecí los cimientos de aquel recinto negándome a permanecer en una derrota tan ignominiosa. Poseído por una extraña voluntad que aún ahora no comprendo, tan solo con pensarlo fui quebrando las invisibles cadenas que me ataban y cada vez que un eslabón se resquebrajaba, un sentimiento funesto se apagaba, un sentido o emoción se restablecía. Así, y lentamente como al principio, un vórtice envolvió mi persona conduciéndome por extraños caminos que no puedo precisar exactamente hasta que las sombras dieron paso a una luz brillante (pero no esa luz que recuerdan casi todos) esta luz era real. Era la luz natural del mundo que había dejado. Me desperté sobre una cama empapada en sangre. El cuchillo aún se hallaba clavado en el centro de mi pecho, pero poco a poco era expulsado por el bombear del corazón latiente. Dolía sí, pero mucho menos que al principio. Todavía desorientado, me saqué el arma de un tirón arrojándola contra el piso y aún sin comprender me erguí sobre la cama: Vivía de nuevo.

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