El pasado es recuerdo, y no cambia…

Ayer en una de las redes sociales me topé con una fotografía en la que no aparezco. En ella, están retratados mis viejos compañeros de secundaria, aquellos de quienes no me despedí el último día de clases, que se fueron para no quedarse. Muchos de los involucrados aparecían etiquetados en el pie de foto, algunos comentaron con la nostalgia caracteristíca de los días que no volverán. A la mayor parte de ellos los reconocí. A otros, por más que lo intenté, no pude traer de regreso ni sus nombres, ni sus rostros de antaño.

Suelo decir que la época preparatoriana fue la mejor de mi juventud, y dicha aseveración no es érronea: fue el punto dónde convergieron mis diversas identidades, permitiéndo definir la persona que quería ser. Hubo experiencias buenas, experiencias malas, experiencias catastróficas. Allí me enamoré por primera vez, asumiéndo mi sexualidad, perdiéndo a mi mejor amigo, descubriéndo otros nuevos, aunque no sé si mejores. Fue una época donde mi vida la maneje a través de tempestades menores que marcaron puntos decisivos de mi existencia: risas, lágrimas, depresión, citas con el psícologo, cismas familiares, adicción a la pornografía, mi primera relación sexual. Tal como dictaba la serie Lost, todo sucede por una razón, y fue en esos tiempos cuando sucedieron los eventos desafortunados que me condujeron a este momento.

La secundaria, por otra parte, siempre la relego al olvido, a un rinconcito oscuro e insignificante, a pesar de que fue allí dónde se marcó un antes y un después de mi vida.

Aún recuerdo aquella tarde de 2002: la fiebre del basquetball estaba en su apogeo, así que habíamos consumido las horas muertas en las canchas de la escuela. Desde luego, yo no participaba de esas retas interminables, pero soportaba el hastío de ser espectador sólo por burlarme de las fallas de mis compañeros que se “violaban” repetidamente entre ellos, ¡que de carcajadas se echaba uno! Era en los tiempos de noviembre, cuando oscurece temprano y la temperatura desciende significativamente. Volví temprano a casa, alrededor de las siete de la noche. Mi madre, como de costumbre ya estaba en casa.  Mamá entraba y salía de la casa. Apenas me lanzó una tosca e intimidante mirada. “¿Qué hice?” pregunté. “Ahorita te voy a decir que fue lo que hiciste” respondió. Mi habitación estaba completamente revuelta, mi clóset abierto de par en par. En el patio trasero, una hoguera se alzaba hacia el cielo, crepitándo furiosamente. No tuve que pensar mucho para entender que es lo que había sucedido.

En el fondo de mi clóset hbaía guardado con escasa cautela mis relatos y diarios en los que daba cuenta de mi hasta entonces disimulada homosexualidad. Por azares del destino, aquel día mi madre tuvo que entrar a mi cuarto y al percibir un ligero olor a cucarachas que provenía del armario, se dispuso a exterminarlas, encontrándo aquellas palabras prohibidas. La tormenta de aquella noche fue increiblemente destructiva, pues mi mundo se vino abajo por completo. Para mi madre, me convertí en un indeseado: me amenazó con echarme de la casa y aún de muerte. Yo me sentí con una basura, pues me sentí expuesto y odiado por la persona que más quiero en el mundo. Sentí que la había decepcionado, que su corazón se había caído en pedazos por mi culpa. Era como si una densa nube tóxica se hubiera apoderado de la casa y permació asfixiándonos por lo menos un mes después. Y no es que se haya disipado del todo: sus restos me han perseguido todos estos años y aunque hemos aprendido a vivir con ella, es fácil palpar la desconfianza de mi madre hacia mi persona. Desde entonces, y hasta que me independice esa ha sido mi tragedia.

Con los chavos de la secundaria no tuve, lo que se dice buenas relaciones. Yo era más bien impopular dada mi estrafalaria forma de ser: sarcástico, ofensivo, de ideas extrañas. No obstante, la foto me recordó los problemas con los maestros (no solía entregar tareas), los solitarios días de pinta en que me pasaba haciéndo nada por los ranchos despoblados, los cuentos de fantasmas frente a la tétrica ceiba junto a la laguna, las historias eróticas en los salones de clase vacíos, los encuentros del tercer tipo con entidades desconocidas, las interminables partidas de ajedrez del último año… Wow! cuántas cosas se me vienen a la mente.

Aún recuerdo el último día de clases. Nos hicieron una sobria ceremonia en el teatro de la universidad estatal, y tras la entrega de papeles, mi mejor amigo y yo nos fuimos a dar una vuelta en la recién construida Plaza Las Américas. Allí, tonteándo ante los locales cerrados nos topamos con Diana y aunque fue un saludo fugaz, aquel instante habría de colocarla en mi vida, hasta ahora. Cuando lo pienso, aquí sentado frente a la computadora, creo que ella simboliza el principio de la nueva etapa que habríamos de vivir.

Mi pecho cede ahora ante el peso de la nostalgia. Hoy, extraño a esos compañeros que el tiempo colocó en caminos distintos, que ha convertido el pasado en historia borrosa. Algunos han vuelto en mi presente y los he recibido con alegría. Otros han intentado colarse a la fuerza. Pero al melancólico compás de esta canción, estoy dispuesto a recibirlos a todos, para revivir los viejos tiempos.

Un saludo para ellos, donde quiera que se encuentren. 🙂

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