Reflexiones sobre la amistad

Nunca se me ha dado eso de hacer amigos, ni siquiera cuando era niño. Desde siempre he sido huraño y desconfiado con las personas que me rodean e intentan establecer comunicación conmigo. En el fondo, siempre miro con recelo a quién se me acerca, preguntándome qué es lo que busca, que perversas intenciones oculta bajo los gestos afables y las sonrisas contagiosas. Casi siempre ando con el rostro ensimismado y con una expresión de hastío, de enfado, un rasgo que se ha acentuado con los años. Cuando miro lo hago de una forma fulminante, incluso sin intención, y si hablo, lo hago de forma tosca, seca, amenazante. Creo que todo esto es una defensa automática e inconsciente de mi personalidad para que Mister Ego no salga lastimado, el problema es que con el tiempo h convertidóse en un molesto círculo vicioso: las personas no se me acercan por mi aspecto sombrío, si se acercan el mecanismo se acentúa ante lo inusual de la situación, lo que provoca que se alejen, lo que provoca que me vuelva más sombrío ante mi propia frustración…

No puedo culparme por actuar así. No recuerdo exactamente si tuve amigos en mi niñez (francamente en esa etapa todos son amigos), pero la primera vez que fui consicente de una relación afectiva de este tipo ocurrió durante los años de la pubertad. Él era simplemente genial: alegre, entusiasta, agradable. Le conocí durante un histérico ataque de risa, que fue el principio. De allí nos volvimos casi inseparables, pues compartíamos un retorcido sentido del humor que no cualquiera comprendía. A él no le importaba mi forma de ser. Es más, me hacía mucho bien su compañía, pues sentía que ya no estaba solo. Hablabamos de muchas cosas y pasabamos momentos excelentes.Llegué a considerarlo mi mejor amigo. Desafortunadamente, crecimos. Él era un tipo inteligente, el favorito de los maestros, el que resaltaba en las materias difíciles. Este contexto fue moldeándo su personalidad al punto que dejo de ser alguien sencillo, para convertirse en alguien orgulloso y maquiavélico. Empezó a poner distancia entre nosotros, pues el círculo selecto de los inteligentes lo absorbió y pronto empezó a hacerme victíma de bromas crueles, para su propio disfrute. También adoptó actitudes maquiavélicas, que muchas veces me dejaban mal parado. Esta transformaciónno se dio de la noche a la mañana, sino de forma paulatina. Soporté durante mucho tiempo los efectos de su conversión y fuimos amigos en la preparatoria. Creo que, al ser él el único amigo de verdad, decidí sufrir nuestra inclemente relación, eso y que estaba demasiado acostumbrado a su compañía. Pero todo vaso termina por derrarmarse y su caracter antipático creció tanto que se volvió otra persona, alguien irreconocible en quién ya no quedaba nada de mi otrora amigo. Fue en ese punto dónde decidí romper la amistad, pues mi dependencia hacia él le permitió arrastrarme hacia senderos escabrosos que casi terminan con mi vida familiar. Al terminar la preparatoria no volví a saber de él, pero desterré cualquier noción de amistad en mi vida.

Decía una profesora:

Utilizamos la palabra amigo con demasiada facilidad. Una amistad no se forma en un día. Requiere constancia, tiempo. Requiere que ambas personas se conozcan. Forjar una amistad requiere al menos, un periodo de cinco años. Mientras tanto, habremos de conformarnos por considerárnos todos, compañeros o conocidos.

Creo que tenía razón. Nuestra vida está repleta de conocidos, actores invitados que aparecen pocas veces en el drama de nuestra vida, que dicen o hacen su parte y luego se van. Ciertamente, a veces vuelven, pero el punto es que nunca están en los momentos importantes. Son como luces intermitentes.

Sin embargo, creo que hay sus excepciones. Hace poco, el destino me llevó a conocer a una persona fuera de los común y en dos meses consolidamos una relación especial que pareciera construida durante años. Pero creo que eso tiene que ver con las personas: su grado de inocencia, sus niveles de malicia. Ella y yo somos luz y oscuridad, fuerzas contrarias que terminan por complementarse. Las personas dicen que nuestros rostros se transfiguran cuando estamos juntos y podemos pasar horas y horas hablándo de todo. Por ella he hecho sacrificios de los que no me creía capaz.  Ella le da equilibrio a mi vida.

En la universidad también conocí nuevas personas. No sé si más maduras, pero creo que sí, mas honestas. Durante esos años fuimos un grupo de cinco que hacíamos todo juntos. Reíamos, llorábamos (okay, casi nunca lloramos), nos divertíamos, nos estresabamos y nos decíamos cosas importantes. Ellos me hicieron creer nuvamente en que no había razón para estar solo. Muchos creen que en la amistad todo es miel sobre hojuelas. Pero en nuestro caso, probamos que a veces se necesita un fuego refinador que la consolide. Muchas veces escuché reprensiones de parte de ellos, cosas duras que sonaban ofensivas y destructivas. Pero al reflexionarlas con detenimiento, descubría que no había malicia en ellos, sino un deseo de ayudar a corregir ciertas situaciones. Alguien muy cercano a mí suele repetir acertadamente que los amigos se hieren con la verdad, para no destruirse con la mentira. Una amistad no puede estar basada en hipocresías y vanalidades porque es una relación de confianza y aprecio mutuo, en el que se busca el bien mayor para los involucrados.

Los verdaderos amigos, en mi propia definición, son aquellas personas imprescindibles sin las cuales la vida no tiene sentido. Hace poco, por una terrible combinación de orgullo, prejuicio y estúpidez, estuve a punto de perder a uno de ellos. Fue un dolor terrible que ensombrecía cada uno de los amaneceres, que me cortaba el apétito y asfixiaba mis pensamientos. Fue un shock más intenso que la última vez que fui traicionado. Fue casi la muerte de mí espíritu. Afortunadamente, nuestra relación no era efímera y tras el reconocimiento de las faltas, se consolidó todavía más.

La amistad verdadera es algo difícil de hallar, pero no imposible. Y es algo que hay que cultivar todo los días. Más que conocer a una persona, se trata de comprenderla. De entender realmente quién es. De esta forma, la sostendrémos en sus debilidades, nos alegraremos con sus triunfos y resistiremos las tempéstades. La amistad es una virtud necesaria pues nos hace humanos. Los verdaderos amigos son un don no renovable que hay que saber aprovechar antes que los desperdiciémos y nos quedemos irremediablemente solos.

Anuncios

2 pensamientos en “Reflexiones sobre la amistad

  1. ¿Por qué pensabas que quienes se te acercaban tenían malas intenciones?

    Me ha gustado tu post; sentí la incontrolable necesidad de comentar, de llamar tu ateción porque me identifiqué contigo y… tengo la costumbre de buscar amigos que sean extensiones de mí mismo.
    And that’s the truth…

    ¿Y ahora cómo estás? ¿Tus amistades han perdurado te han demostrado que son lo mejor del mundo?

    Saludos

    • La desconfianza partía del hecho que las personas pueden ser muy crueles, particularmente con personas de personalidad tan peculiar como la mía, que no suelen encajar en un mundo usualmente poblado de imbéciles.
      Ahora sé que las personas que se quedan a mi lado es porque aceptan lo bizarro que soy. Las que no, simplemente se van.

¿Necesitas vomitar algo? Puedes hacerlo a continuación:

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s