Janeiro o los días de consagrar

Después de haber pasado 36 horas comiéndo frijoles, huevos simples, glúten y soya , las enchiladas que me preparó mi madre hoy, me supieron a gloria, todo un orgasmo de sabor.

Río de Janeiro es un campamento adventista situado cerca de la ciudad de Pichucalco, en uno de los recodos mansos del río Puxcatán. A pesar de hallarse a menos de hora y media de la ciudad de Villahermosa, el trayecto no es nada sencillo pues está compuesto particularmente por curvas pronunciadas y  barrancos considerablemente peligrosos. He pasado el fin de semana allí, como parte de mis funciones de líder juvenil.

Nunca he sido entusiasta de los campamentos pues desde siempre me han resultado sinónimo de incomodidad, sacrificio y aburrimiento. Este año, no pude eludir mi obligación así que asistí al congreso juvenil de reavivamiento espiritual (jajaja) que reuniría a más de quinientos jóvenes en aquel apretujado lugar. Y no exagero cuando digo apretujado, pues dada la sobrepoblación, los hombres tuvieron que dormir de dos en dos en cada cama, convirtiéndo Río en un potencial Carnaval de Sodoma. Y tampoco exagero en lo anterior. Cada cabaña (dormitorio) es una cápsula de testosterona y homoerotismo comprimidos donde pueden verse cuerpos masculinos desnudos y semidesnudos, con las consabidas bromas que de tanto repetirse termina uno creyéndose que es de verdad. Afortunadamente para mí, este año tuve contactos y logré que mi cama fuera sólo para mí. Y no es que no me hubiera gustado compartir cama con algúno de los muchachos, pues había unas espécimines de bastane buen ver con quien me hubiera gusta compartir calor, pero como se trataba de disimualr opté por dejar la tentación a un lado, no fuera que se me subieran los calores y acabara exponiéndome vergonzosamente hacia los demás.

En Janeiro se desconocen las minímas nociones de privacidad. Los W.C. y las regaderas carecen de puertas, que son absurdamente sustituidas por endebles trozos de lona azul que ni tapan todo lo que tienen que tapar y lo poco que tapan lo descubren a la mínima corriente de aire. Como soy tímido y no me gusta andar exponiéndo mis orgullos por ahí, busqué el mejorcito de los lugares para realizar mi aseo personal y hallé que las esquinas eran muy convenientes pues carecían de tráfico y el viento no llegaba con tanta facilidad. Bañarse era un verdadero martirio: el agua helada aunada a las bajas temperaturas de las madrugadas te hacían pagar tuds pecados con hipotermia, pues si querías estar a tiempo para el desayuno tenías que bañarte al menos a las cinco.

Tampoco se conoce el pudor. Los hombres se visten y se desvisten enfrente de uno sin miramiento, se pasean en sus apretujados calzoncillos como dandose a desear. En los baños se abren las cortinas como bromas pesadas, o se roban la ropa y se desperdigan las truzas por los pasillos. Acepto que me eché mi buen taco de ojo. Desgraciadamente es un fruto prohibido que me dejó con un  ansia tremenda que ya quiero desahogar (a estas alturas me masturbado hasta el hastío).

Las comidas fueron de lo peor. Para empezar, el comedor nunca se abría a tiempo. Para terminar  la carne está totalmente prohibida en el lugar. Así, los desayunos estuvieron conformados principalmente de frijol en sus diversos usos y presentaciones, gracias a lo cual terminaron atascados la mayor parte de los baños. También pulularon la soya y el glúten, dos cosas de sabor y texturas desagradables que te cortaban el apetito nada más de verlo. Lo irónico del asunto, es que para alcanzar la minuscúla porción de porquería insípida debías esperar al menos una hora en la fila afuera del comedor que en más de una ocasión me recordó a los indigentes de los centros comunitarios.  Como resultado, te quedas con un hambre feroz que tarda bastantes días en saciarse.

Dormir no era precisamente placentero. En total, si junto la noche del sábado con el domingo tan sólo nueve horas. Los jóvenes inmaduros hablan sin parar, orando antes de acostarse y desvelándose hasta muy entrada la noche con historias de miedo, historias eróticas y mentiras aceptadas universalmente como verdades. Las colchonetas están empolvadas y duras y las armazones metálicas de las literas truenan al menor movimiento. Janeiro es un lugar donde hay que dormir vigilándo antes que te derrumben de lo alto, te roben la colcha o te abusen sexualmente. Aún cuando hay ventanas, es inevitable que el aire de la habitación se vicie, especialmente con la dieta anteriormente descrita y la inconsciente competencia de los muchachos por expeler la flatulencia más desagradable. Y si a eso le agregamos la pestilencia de los pies, no te queda otras cosa más que levantarte muy temprano por la mañana, para escapar de lo asqueroso y entrar de los primeros a recoger la comida.

Jóvenes y señoritas duermen distanciados unos de los otros y durante toda la noche hay una guardia de adultos responsables que vigilan que no hayan intercambio de fluidos en el lugar. Francamente me parece una precaución innecesaria, puesto que, de querer fornicar, los jóvenes lo harían, se las arreglarían para lograr su acometido evidenciando la inutilidad de estas acciones.

Durante mucho tiempo me pregunté como a la gente le podían gustar incomodidades como estas. Simplemente me parece un sin sentido pagar para sufrir y sobre todo en el nombre del Señor. Los sábados por la tarde, tras finalizar con las actividades espirituales se deja espacio para la confraternización y la actividad física. En años anteriores mi hermtismo innato me relegaba a las sombras mientras los otros se divertían. Este año hice mi mejor esfuerzo por integrarme y aunque no me fue nada mal (admito que me divertí bastante) creo que sufrir 24 horas para gozar de tres de diversión es algo estúpido.

Esta mañana abandoné el campamento nada más desayunar  mis chilaquiles (obvio sin carne) y corrí raudo a Villahermosa para atascarme de comida de verdad. Al rato me tomaré una coca cola. Y espero no tener que regresar a Janeiro en mucho, mucho tiempo.

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