Edgar… Allan… Poe…

Hace varios años, llegó una pequeña antología de relatos para adolescentes que incluía, entre otros, El Escarabajo de Oro. Una breve reseña lo describía como la obra menos aterradora de su autor, el mismisímo Edgar Allan Poe, nombre que en aquellas épocas no me decía absolutamente nada, pues aún cuando llevaba varios años imerso en la lectura, no había llegado yo más allá de los buenos libros para niños. El relato del bicho dorado no me pareció excepcional, más bien aburrido, así que lo olvidé por un buen tiempo. Años después, me hice de una pequeña antología de cuentos de terror, en los que volví a toparme con el autor, que destacaba en aquella colección por ser el único que aparecía dos veces: El Gato Negro y La Caída de la Casa Usher. El primer relato me pareció bastante entretenido, pues era ágil y de final sorprendente. El segundo me resultó un tanto confuso, algunas veces lento, pero con un final inesperado. Ambos me significaron, sin embargo, una evolución en el estilo del escritor. Desgraciadamente, fue por aquellos días que me sumergí en la lectura de Harry Potter y una vez más dejé de lado la literatura.

No fue hasta hace poco, que en la víspera del aniversario luctuoso de Edgar, me llamó la atención toda la atmósfera mitíca que existía alrededor de él. Fue así que descubrí a un neurótico brillante, de mente fértil, extraviada, grotesca, capaz de engendrar y parir nuestros miedos más profundos. El empuje definitivo hacia el extraño universo de Poe no fue en sí un relato, sino un poema, El Cuervo que atrapó mi atención por ser más que una alegoría, una apología de la muerte, la pérdida y el duelo.

Desde allí ya no me detuve. Si bien es cierto que hay relatos más logrados que otros, todos comparten la misma atmósfera triste, sombría, desesperante, que enturbia el ánimo y despierta ese morboso placer de la sugestión y el miedo. Aunque sus descripciones son a veces profusas, no llegan a ser tediosas como las de Tolkien, pues Poe tiene la habilidad de que casa palabra, cada frase contribuya al efecto final. Y es que Poe no escatima en el uso de la palabra, conformando parráfos de composición algo extravagente y hasta enrevesada, pero siempre útiles en el objetivo de penetrar hasta el alma del espectador. ¡Ah! Y es que los finales son, a mi parecer, lo mejor de todo. Los relatos, que comienzan con lentitud para luego adquirir una extraña e inexplicable velocidad de vértigo poseen la cualidad de tener descenlaces inesperados, pues cuando el lector se encuentra totalmente empapado de los sentimientos y emociones del protagonista o bien esta concentrado en descifrar el misterio en cuestión, el final aparece sin aviso previo, golpeándole la cara, aturdiéndole con fuerza, con malicia. Muchas veces me pasó esto. Pero lejos de ser una caracteristíca desfavorable, este ítem no decepciona sino que al contrario, aumenta provoca que la adicción por el autor vaya en crescendo. Y es que Poe es leyenda más allá de sus historias: su vida es una tortuta, su muerte un misterio, su genio insuperable. Se le cuenta como precursor de la novela detectivesca y antecedente incluso del gore.

¡Que maravillosa es la grandeza de las almas torturadas! Grandeza a la que muchos tan sólo podemos aspirar, pues hace falta más sufrimiento y un poquito más de esfuerzo en la autodestrucción.

Ya he leído muchas de sus buenas historias así como visto sus numerosas adaptaciones cinematográficas, destacando la labor de Vincent Price a quien he visto en La Máscara de la Muerte Roja y La Caída de Usher. Pero una vez más, me quedo con la inigualable lectura, pues Hollywood, aún con sus rebuscados efectos especiales, jamás superará el deslumbrante poder de la palabra escrita.

En la década de los ochenta, Tim Burtón realizó un cortometraje, Vincent Malloy, en el que juega con varios relatos de Poe, al tiempo que practica la técnica que más tarde habría de identificarlo y que expresa mejor el mundo de tinieblas que Edgar nos permitiera vislumbrar a través de sus historias.

 

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