No se murió el amor, muy al contrario, lo asesinamos…

Apareciste en mi vida en el preciso momento en que no tenía intenciones de enamorarme. Pero que se le va a hacer. Llegaste desvalida, con el corazón roto y el alma resquebrajada a causa de aquel que no supo amarte como debía. Me dijiste que no creías en el amor, que no te querías enamorar, que tus heridas nunca sanarían. Y yo me quedé a tu lado. Recuerdo claramente que uno de esos días, cuando tu tristeza filtraba por entre los muros del facebook y yo me desesperaba por ayudarte, no me quedó otra que dedicarte una canción, para que te quedara clara que contabas conmigo siempre. La canción elegida fue una de Coldplay (por aquellos días estaba yo redescubriendo mis primigenios gustos músicales) así que te escribí:

Lights will guide you home, and ignite your bones, and I will try to fix you

Tú le pusiste en Me Gusta.

No voy a negar que al principio nuestra amistad fue distante. Muy pocas cosas teníamos en común. Tu con quince años, yo con veintidós, hablabamos en contadas ocasiones, siempre sobre vanalidades, cosas sin importancia, aunque usualmente Él salía a colación. Lamentabas haberlo conocido, haberlo amado. Pero en el fondo ansiabas estar a su lado. Con el paso del tiempo, nuestra amistad se fue consolidándo. Hablabamos de tus esperanzas, de tus sueños, de tus anhelos. Yo te escuchaba con una atención inusitada. De vez en cuando te daba un consejo. De vez en cuando tú lo escuchabas. Y tu charlabas, amenizándo todo con tus graciosos modales que mi madre tanto detesta.

Y el tiempo pasó. Puedo decir que teníamos una amistad,  aun cuando nunca logré penetrar más allá de lo que me decías. Me gusta pensar que al menos tuvimos eso. Y yo adopté una extraña devoción hacia tí. Estaba siempre allí, me llamaras o no, me quisieras o no, para salvarte el día, a mi criterio. Traté de permanecer a tu lado el mayor tiempo posible, siempre respetándo tu espacio, tu tiempo, para no cansarte.

Todos se dieron cuenta de lo inevitable, excepto nosotros dos. Lo supo tu hermano. Lo sospechaba tu madre, y todos aquellos que nos rodeaban: Me había enamorado de tí. No obstante, esperaba aún el momento exacto para exponer ante tí mis sentimientos. Quise hacerlo muchas veces, pero jamás me atreví. Tenía miedo de arruinar la oportunidad, que aún no estuvieras preparada, que te asustaras y te fueras de mi lado. Además, sabía que de vez en cuando, aún pensabas en Él. Pero aguardé la esperanza que un día lo olvidaras, por fin, y te dijeras a ti misma: Está bien, es hora de volver amar.

También tenía miedo de la diferencia de edades. ¿Que pensarían tus padres al respecto? ¿Me verían como un pervertido? ¿Funcionaría realmente una relación entre mundos tan distintos? De oídas supe sobre relaciones similares que iban viento en popa. Sin embargo, en nuestro caso, el asunto era bien diferente. Era unir la bella con la bestia y no presisamente por lo fisíco sino por los carácteres: Mi personalidad oscura, gris, marchita contra tu filosofía alegre, optimista e iluminada. ¿Sería un abismo pequeño como para salvarlo?

Los meses pasaron y no llegué nunca a ningún lado. Hasta que tu diste respuesta a la ansiedad sin pregunta. Fuiste tajante, directa, hiriente. Sólo amigos. Te caía bien, pero sólo como amigo. Supe entonces que lo nuestro, es decir lo mío, era un imposible. ¿Y sabes por qué? Por que aunque te habías olvidado de Él, cambiaste tu dolor por un sueño efímero, el del Príncipe Azul, hecho a imágen y semejanza de tus deseos, que cumpliera en todas tus expectativas sin fallar un ápice. Pero no te culpo. Es el sueño de todas las niñas tontas de tu edad. Lo malo es que cuando la realidad te arrolle, no estaré allí para sostenerte.

Fuiste cruel. Siempre supiste acerca de mis sentimientos. Si no, no hubieras dicho lo que dijiste. Si no, no te hubieras negado antes de pedirtelo.

Por ti me atreví a pensar en el amor. Por tí me perdía cada atardecer en mil pensamientos encontrados de profunda felicidad. En ti había encontrado un remedio para mi soledad. Por tí fui capaz de exigirme entrega, de sentirme vivo.

Hoy decido separar mi camino del tuyo. Me marcho lentamente, cargando sobre mí los despojos desgraciados de ese noble sentimiento, al que diste una cuchillada y al que yo asesté el tiro de gracia. Porque de ti aprendí una gran lección: El Amor no vale la pena. El Amor te hace sufrir, cerdo egoista que te extravía en la irracionalidad conduciéndote siempre a la persona equivocada. Gracias a Él, las almas que deberían estar juntas jamás llegan a reunirse porque siempre equívoca los caminos según su capricho. Por eso merecía morir.

Te dejo con tu vana espera destinada a la frustración. Yo, regreso a las sombras de donde nunca debí haber salido. Me abstraigo del mundo. Desvanezco mi presencia. Me convierto en piedra, para no sentir.

Hoy te maldigo. Qué no seas feliz.

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