Ensayo sobre la miseria

El tema de moda que ocupa a muchos diarios y sitios en internet es la crisis mundial. Muchos hablan que se avecina una nueva y más cruda recesión, aunque es correcto decir que la anterior nunca se fue en realidad, tan sólo fue “maquillada” para hacer creer a la sociedad que ya todo estaba bien. También considero correcto decir que en México, la crisis ha sido el pan nuestro de cada día desde que los Gachupines tuvieron la mala ocurrencia de venir a joder para acá. Y es que ese es el orígen de todos los males para el pueblo mexicano. Me explico.

Las culturas precolombinas habían sido capaces de erigir sociedas fastuosas, poderosas, prósperas, que cumplían su ciclo vital dentro de la historia para dar paso a nuevas culturas. Con la llegada de los españoles, todo eso fue trastocado por los ideales del nuevo mundo, que se empeñaron en borrar de la faz de la tierra el esplendor de los antiguos americanos. ¿Quiénes fueron esos conquistadores? Pues obviamente no fueron intelectuales ni gente trabajadora… no. Los que conquistaron América fue lo peor del Viejo Mundo: corsarios, criminales, vagos, alchólicos, asesinos sanguinarios que al mancillar a las índígenas traspasaron un código genético maldito que nos persigue hasta nuestros días. Basta mirar nada más la diferencia con Estados Unidos, colonizado por gente de altos ideales, y aunque también ellos acabaron con los autoctónos de la región, es evidente que cimentaron bases fuertes para su futura nación que llegó a ser la primera potencia del mundo. El principal motivo de su decadencia es me temo, la aniquilación de los valores y la moral. Este pequeño paréntesis me lleva de nuevo a la disertación que me interesa. Toda esa alimaña: los Martínez, los Pérez, los Cortéz, los Gómez y los Rodriguez, traspasaron pues su inutilidad y su mala sangre fincando unas fuertes bases para una nación miserable.

Los mexicanos no son, en su mayoría, gente trabajadora. Los mexicanos no son, en su mayoría, gente estudiada. Los mexicanos son, en su mayoría valemadristas. Al mexicano promedio, no le preocupa su formación académica: no lee buenos libros, no mira buenos programas, no escucha buena música. El mexicano promedio es feliz con un trabajo mediocre, con su libro vaquero, con su periódico amarillista, con su telenovela de las nueve y su música de cantina. El mexicano promedio es feliz con su ignorancia. Si tiene la suerte de ir a la escuela, sólo llega a pasar el rato, a calentar el asiento como quien dice. No hace sus tareas, no investiga, pero sobre todo, no reflexiona. Aquel que llega a la escuela (y ojo, no hablo de ricos o pobres, hablo de mexicanos) sólo llega a planificar la próxima escapada, la próxima fiesta, llega a ligar, a rogarle al maestro o sobornarle para que lo pase. Y ahora sí me permito hacer la distinción entre ricos y pobres. Una vez titulados, mientras que los ricos, sepan o no sepan su profesión ya tienen un trabajo asegurado por palancazo en algún área del gobierno o alguna empresa trasnacional, el pobre tiene que ver dónde lo contratan, agarra lo que puede para ser un “proletario” mal pagado y explotado. Ésto último aplica tanto para los que estudian para los que no.

Hayan estudiado o no, pobres o ricos, pero sobre todo pobres, el mexicano, lo primero en que se ocupa es buscar a la páreja de su vida. Se ven entonces a muchachas y muchachos recien entrados en la pubertad, fajándose ya no en los rincones sino a plena luz del día, disfrutándo de su apertura de mente, de la modernidad de la sociedad que ya no debe condenarlos. Las muchachas estúpidas se embarazan, los muchachos estúpidos se desentienden del asuntillo y siguen de picaflor, aunque tarde o temprano terminará por caer en las garras de una trepadora, mucho más lista que él. Con un salario de miseria, el mexicano ahoga sus penas en el sexo. Coge de día, coge de noche, coge a cualqier hora porque eso es lo único que no le da flojera. Y como si de una maldición se tratara, el mexicano coge y engendra unos mocosos miserables que más tarde que temprano repetirán el ciclo, formando más gente pobre, extendiéndo la miseria por todas partes.

Las mujeres, graciosamente, hablan de feminismo, de liberación, de utopías que parecen verdades. La liberación femenina ha traído consigo una falsa noción de seguridad cuya principal producto son las madres solteras, aquellas féminas que dicen no necesitar a un hombre en su vida pero que sin embargo andan con toda la cuadra, pariéndo de cada uno al menos un chiquito. Si bien es cierto que muchas de ellas producen y se esfuerzan para ser alguien en la vida, la mayoría no pasa de ser un ama de casa vejada, maltratada, pisoteada y prostituída. Por no decir que infeliz y amargada. Y he ahí un montón de niños sin padres, un montón de padres desobligados de sus hijos, que no obstante siguen engendrando más hijos, por culpa de las mujeres ingenuas y putas que buscan rehacer su vida una y otra vez. Y así el ciclo se repite sin fin.

Los pobres del campo también contribuyen. Tras el arquetipo del campesino humillado, olvidado y miserable se esconde un parásito peligroso para la economía. El campesino, al igual que la mujer liberada, se acostumbró ya a que el gobierno le dé todo en la mano. Ya no se esfuerza por labrar la tierra, por producir, por ganarse la vida, no. Ahora le basta con pedir, con subsistir de los impuestos de los que sí trabajan convertidos en subsidios, en “apoyos”, en “programas” donde se paga por no hacer nada.

El mexicano es un creyente entregado, celoso de su religión, herencia de sus padres. Al mexicano no le importa sí entiende o no la parafernalia de la misa, el sentido de las tradiciones, o la lógica de la costumbre, sin importar cuan carentes de espiritualidad se halle. Porque entre más artificial sea lo sagrado, queda mucho mejor. El catolicismo es pues una religión que embrutece, porque somete el alma a rituales inamovibles, vacíos, atrayentes, todo a cambio de una salvación comprada que queda en entre dicho. A pesar de que se niegue lo contrario, los mismos jerarcas de la rleigión, se inmiscuyen quiérase o no en los asuntos del Estado, persiguiendo más los intereses propios que el de la propia feligresía. Así, muchos católicos de los barrios pobres se muren de hambre, atarugados de alcohol y de fe, mientras el “Zumo Pontífice” se asienta en un trono dorado mientras hace gala de su don de lenguas. La religión se vuelve entonces un método de control para evitar que las cosas se salgan de su caótico orden.

Y es que al gobierno así le conviene.

Al gobierno le conviene que el Méxicano no estudie, no trabaje, que no razone, que sea poco más que un animal adormecido. El gobierno pues, busca mil y un pretextos para someter la razón, por que es la única forma que los ricos de siempre sigan haciendose más rico, a costa de los millones de esclavos que apenas sobreviven a diario. Así, pues, hace apología de la miseria y la transmite por todos y cada uno de los sentidos para despertar el gen  de los conquistadores, el huesped maldito que aún ahora, muchos años después de la malograda Independencia nos tiene sometidos en la más vergonzosa de las condiciones.

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