Historias de la recolección

Al principio de cada año eclesiástico, la IASD obliga a sus miembros a recaudar dinero para la ACFE, una institución que provee servicios médicos, educativos y de contingencia en poblaciones que se hallan en extrema pobreza, o alejadas de la mano de Dios. A diferencia de años anteriores, en esta ocasión no pude eludir el llamado del Pastor, pues dada la naturaleza de mis funciones hube de representar a mi iglesia a nivel distrital. El domingo pasado, los jovenes invadimos cuatro glorietas situadas sobre la avenida Adolfo Ruiz Cortines para pedir ayuda a la gente y así disminuir los blancos de nuestras respectivas congregaciones. A continuación enúmero mis impresiones.

Las personas que están más dispuestas a dar no son necesariamente las que más tienen. En este sentido, recibí más dinero de los choferes del servicio público como taxis y combis que de los fulanos cremositos que iban enclimados en sus carritos. Muchos tenían la decencia de hacer como que iban a dar y luego resultaba que no tenían monedas, pero otros de plano te volteaban el hocico sin mediar palabra. Se siente feo que te hagan eso. Especialmente porque si lo reflexionas, resulta en una especie de karma, por todas las veces que no le pagaste al payasito del crucero los servicios de entretenimiento no solicitados.

De los que te volteaban el hocico y te quedaban viendo feo, muchos llevaban sendos rosarios colgando de sus espejos retrovisores. Esto implicaba que eran católicos, los “hijos de la iglesia verdadera” que creen en la salvación por obras. Curiosamente, no se estaban esforzando mucho por hacer buenas obras, pues ni diez centavos estuvieron dispuestos a dar. Esto aplica para el resto de protestantes hijos de puta que se hicieron de la vista gorda.

Hubo por ahí un incidente con una “vende periódicos”, una pobre diabla que al sentir invadido su territorio de trabajo, arremetió contra los niños, golpeándo a uno. Cuando los adultos a cargo fueron a ver que sucedía se armó un alboroto y la maldita vieja terminó haciéndose la victíma. Afortunadamente cuando llegó la patrulla y se mostraron los permisos municipales, se le dio la razón a la iglesia y no pasó a mayores. No puedo culpar a la tipa. En nuestro crucero también le arruinamos el día a los vende chicles, pues la presencia de tanto muchachito predisponía a los conductores a ignorar a todo aquel que se acercara a su ventanilla.

A mí no me gusta pedir dinero. Me dá verguenza y siento mancillada mi dignidad. Además de que la recolección se me hace muy injusta. Por ejemplo, en años anteriores, el territorio de recolecta era la misma colonia donde se halla la iglesia. Ibamos casa por casa pregonando que el dinero obtenido serviría para ayudar a victímas de cataclismos como las inundaciones. Lo gracioso del asunto es que la colonia es de las que se inundan cada año, y curiosamente la ayuda de ACFE jamás se ha parado por estos sitios. Lo mismo nos dijeron ahora, además de que algunos, con justificado recelo, nos preguntaron si el dinero efectivamente nos lo íbamos a quedar nosotros o ibamos a usarlo honestamente.

Afortunadamente no hubo ningún chamaquito destripado. Y es que algunos se apendejan y no calculan correctamente el ciclo de los semafóros y se quedan atravesados cuando este ya marca verde. Pero en realidad, me gustaría que de pronto les metieran un susto a los hijos de puta. Los adultos con la mano en la cintura se quedan dormidotes en las casas y dejan el trabajo pesado al “brazo fuerte de la iglesia”, los niños y jóvenes. Luego, con la mano en la cintura, se jactan de haber alcanzado el blanco… También deberían descontarle una buena cantidad al presidente de la asociación, que le tiene puestos carros de lujo a sus dos hijos, y él no se queda atrás…

Espero nunca en mi vida volver a pasar la verguenza que sufrí este fin de semana. A pesar de que usé lentes oscuros, confío en mi pésima  suerte que muchos amigos o conocidos pasaron por la avenida y me reconocieron. Puta, no me pasé cuatros años estudiando en una universidad de mucho prestigio para luego andar haciendo labores de mendigos. Aunado a esto, nunca me ha gustado pedir ayuda a nadie, así esté de fea mi aflicción, así que no me siento en deuda con nadie, ni tengo motivaciones profundas para andar haciendo obras de caridad. Por último, jamás podré hacer uso alguno del dinero recaudado. Ni me interesa, es una minucia.  No obstante, me parece que debo recibir una remuneración por el daño moral causado.

P.S. Sí alguien necesita dinero, pues entonces que ese alguien lo busque.

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