A un gato muerto

Llegaste maullándo una noche de enero. Hacía frío y tenías hambre, no contabas con más de cuatro meses de vida. Nunca supimos de donde viniste y porque estabas en la calle. No nos importó. Te recogimos y te dimos croquetas para perro, lo único que teníamos. No te importó. Te comiste todo y pediste una segunda ración. Con tres perros era un desafío considerar que podías quedarte, pero mi Mamá tuvo la última palabra y te hizo miembro de la familia. Te llamaron Tito y te creímos hembra, hasta que semanas más tarde nos sacaron del error.

Como cachorro gustabas de perseguir todo lo que se moviera a la altura del suelo. Eras un niño juguetón de pelos blancos y profundos ojos azules, de más está decir que te robaste nuestro corazón. Te cargamos y te mimamos demasiado, debo decir, porque eras infinitamente precioso y muy educado. Aprendiste pronto que “tus necesidades” se hacían en el patio del vecino, y rasguñabas a todos cuando te daban una ducha. Pero creciste muy rápido. Tu encanto infantil fue sustituído por esa seriedad mistíca propia de los gatos. Te volviste adicto al Whiskas de pescado, particularmente el del salmón, te levantabas a las seis de la mañana para exigirlo. Y pronto nuestro cachorrito se desaparecía noches enteras buscando novias en algún rincón. Desgraciadamente, esa fue tu perdición.

Las causas de tu muerte serán siempre un infortunado misterio. Un día volviste de tus nocturnas correrías con dos heridas, sangrantes y profundas. No volviste a ser el mismo. Tus maullidos se apagaron y dormías todo el tiempo. Aunque tus heridas sanaron, tu espíritu se marchitó. Te volviste un ermitaño que de goloso pasó a inapetente. Y luego, esa noche, ya no quisiste comer. Vomitaste y te quedaste muy quieto, respirándo con dificultad. Ni siquiera tomabas agua. Fue muy tarde cuando te llevaron al doctor, porque tu cuerpo ya no resisitió la batalla. Eterno fanático de la limpieza, pronto estuviste manchado por la enfermedad. Daba pena verte. Aún siento la desesperación por querer hacer algo por ayudarte a sabiendas que lo que necesitabas no estaba en mis manos otorgártelo. Y luego, ya ni siquiera cambiabas de lugar. Te quedabas allí donde te dejabámos, echado muy quieto, con la mirada perdida. Y luego, el doctor dijo que lo más piadoso era terminar tu sufrimiento.

La noticia me la dieron por teléfono. Mi mamá se puso muy triste porque se encariñó mucho contigo. Disculpáme porque no llore, pero es que yo no soy así, aunque eso no significa que no lo sienta. Extrañaré tu mirada indiferente cuando nos veías llegar del trabajo. Extrañaré tus ronroneos cuando te rascaba la espalda. Extrañaré tus intentos de escapar por mi ventana cuando te sentías atrapado. Extrañaré tus exigencias matutinas y la particular forma en que te acomodabas para tomar las siestas. Extrañaré fingir que no te quería.

Duraste muy poco en esta vida, pero fuiste feliz. Desde nuestro encuentro ya no pasaste hambre, ni frío, ni soledad. Escuché por ahí que no es tan mala la muerte cuando sabes que has vivido. Tú lo hiciste. ¡Y vaya que viviste!

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