Hoy no me quiero levantar…

Ya me vi: pesando 75 kilos, luciendo alto, delgado, atlético, pasando de ser un cero a la izquierda a ser un soltero codiciado… ah, ya me vi…

Dada mi nueva visión del mundo, me he propuesto hacer un poco de ejercicio, motivándome el aspecto estético pero beneficiandóme el aspecto fisíco, y es que en verdad el ejercicio hace milagros. Para iniciar esta nueva rutina de mi vida, me puse a investigar que implicaba más o menos una caminata, y diversas fuentes me llevaron a  concluir que lo que yo necesitaba eran 40 minutos diarios (3 kilómetros) antes del desayuno, para alcanzar mi peso ideal en alrededor de siete meses (creo que podría ser antes, pero no quiero dietas). Debo rebajar 24 kilos y para alcanzar mi meta debo eliminar en un 90% la ingesta de panes, galletas, y medirme en las porciones de mi almuerzo, del que suelo abusar todos los días. Pero sobre todo, lo que necesito es una férrea voluntad. Y es que me cuesta bastante madrugar.

Por ejemplo, ayer me dije: me levanto  a las seis de la mañana, camino noventa minutos y estaré a tiempo para el desayuno. Pero desafortunadamente este fin de semana hubo frío, aspi que hoy me dieron las seis, el cielo oscurecido y sin atisbos de sol, la cama más cómoda que nunca… me di un pestañazo de cinco minutos y cuando vine a darme cuenta faltaban diezm minutos para las siete. Eso me alarmó un poco pero aún así no me puse en pie. Finalmente, llegó la hora que la casa entera se pone en movimiento, así que muy a mi pesar logré convencerme de salir.

El cielo estaba nublado, el viento fresco pero no desagradable. Me puse calcetas disparejas, me calcé mi tenis pesados, mi camisa negra con agujeritos y el pantalón nuevo multi-usos y di comienzo a mi suplicio acompañado por mi celular que sólo sirve para sintonizar insulsas estaciones de radio. Opté por recorrer el périférico con tal de no toparme con alguien conocido, y pronto me arrepentí de mi decisión. El lugar estaba hecho una pena gracias a las pasadas lluvias: las banquetas, de por si cubiertas de maleza, tenían charcos que te obligaban a bajarte a la carretera, también anegada, aumentando el riesgo de que un desgraciado madrugador me atropellara. Avancé a paso regular, experimentando la forma correcta de caminar colcándo el talón antes que el resto de la planta de pie y un hormigueo en los muslos que me resultó un tanto gradable. El lugar estaba solitario, y lo digo así porque a pesar de que pasaban a mi lado mil y un conductores, ningúno me prestó atención en realidad. Fue casi al final del trayecto que me topé con tres obreros, todos ensimismados en sus propios asuntos; así como con un loco  que divagaba cosas. Este último me alarmó un poco, pero también me ignoró.

El camino de vuelta fue más solitario que el de ida, tan sólo hubo el sempiterno chico retrasado que sale a caminar con su variable cachorro pastor alemán. Este encuentro me puso a pensar. Este chico camina todas las mañanas desde que hace varios años, y sigue igual de gordo que siempre. ¿Será que pasará lo mismo conmigo? ¿Será que mi gordura es una batalla perdida?

Bien, trataré de que mañana todo sea menos desalentador. Es hora de probar que tan fuerte es mi voluntad para seguir adelante, ya que como dice mi madre, si sigo de huevón, no voy  a durar mucho… 😦

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