Ensayo sobre mi ceguera

Escribo esto desde la más dolorosas de mis ausencias. Me he quedado en casa, sin poder mirar televisión, sin poder conectarme a las redes sociales desde mi smartphone de gama media, sin poder leer o releer mis libros favoritos, sin poder moverme siquiera. Me siento morir, pues me han quitado esas pequeñas cosas que pueden darle algo de compañía a mi soledad.  No se que esté pasando con el mundo exterior, todo se ha reducido a extraños ruidos sin origen dentro de mi cabeza. En mi casa no me permiten hacer nada. No puedo bajar ni subir escaleras. No puedo suspender la cabeza, ni inclinarme, ni agacharme, ni recostarme de un lado ni recostarme del otro. Sólo puedo permanecer tirado, en la cama o en la hamaca, con la mira extraviada en la maraña de pensamientos -y sentimientos – que suelen asolarme. La espalda me duele porque debo conservar una postura firme, fija, impasible. Me cansé de dormir, las pestañas me queman al cerrarlas y mis sueños se han agotado. Las noches son larguisímas por la ausencia del cansancio bienhechor. Estoy desesperado, porque ya no lo soporto más.

Las luces me lastiman la mirada. No importa si proceden del sol o de la luna, o de un foco o de una lámpara de neón, o de todas estas cosas juntas, al cabo de unos minutos la periferia del globo ocular empieza a emitir unas punzadas terribles que terminan por dominarlo todo, se extienden por los nervios ópticos y alcanzan la corteza del cerebro, jaqueca segura. El analgésico en pastillas ya no soluciona nada y las gotas para los ojos arden como el infierno. Lo que más me preocupa es que las basuritas no han desaparecido: todavía bailotean en mi campo visual, como si se burlaran, como si me dijeran que todo ha sido inútil, y siento que en cualquier momento la oscuridad caerá irremediblemente para aplastarme como un gusano para siempre.

He recibido escasa atención de mis amigos, lo cual demuestra lo poco importante que soy en sus vidas. Cada uno tiene sus propias peripecias en la vida, sus propias preocupaciones y sus propios miedos. No necesitan hacerse con los demonios de otros. Eso lo entiendo, yo no lo hago. No sé de que me quejo. La única que permanece al pie del cañón es mi madre, que me sobreprotege aún más ahora. Ella también tiene miedo de lo que pueda suceder. Pero creo que lo de ella no es miedo, es terror. Y como no va a tenerlo. Si llegara a quedarme en tan terrible condición para siempre, sus últimas decadas serían una tortura y un calvario para todos, porque cuando ella se fuera, yo me quedaría a la deriva realmente abandonado. Si me lo pienso bien, ella es la única persona a la que tengo, el único ser humano con el que cuento.

A Dios no le he pedido nada. Ella sí, yo no. Y es que no me siento con ánimos de pedirle algo. Soy un pecador sin remedio, que cree pero no se arrepiente, y no quiero ser como esos hipocritas en el resto del Mundo que sólo se acuerdan de Dios cuando el Infierno se les viene encima. Entonces si caen en la cuenta que hay un Dios, y entonces fingen que se arrepienten, piden y piden y una vez que el peligro ha pasado, vuelven a las andadas, a vivir como animalitos, sólo guiados por su instinto, resistiéndose a que el creador guíe sus vidas… ¡Vaya que Dios es paciente! Otra cosa. Tampoco le culpo. No digo: ¡¿Porqué me has hecho esto?! ¡¿Porqué te olvidas de mí?! ¡¿Porqué me castigas de esa manera?! Los que así hablan, son unos estúpidos ignorantes que no entienden absolutamente nada de nada. Yo no soy -tan- ignorante, por eso no digo esas cosas. Es decir, si Dios se dedicara a castigar a todas las personas viles en el mundo, el mundo estallaría en un segundo, porque no hay ni un desgraciado justo en ningún lugar. Todos tenemos cola que nos pisen. Y otras cosa, Dios no se dedica a castigar malvados, no todavía.

El doctor me dijo que era un cobarde. Quizá tenga razón, quizá él sea un idiota. ¿Pero quien no le va a tener miedo a quedarse ciego? Sobre todo cuando sientes el calor del laser taladrándote la retina. Es un dolor pequeño, pero dolor al fin y al cabo. Yo atrinqué los dientes y apreté el puño con fuerza, no por el dolor, sino por el terror a que un movimiento en falso destruyera algún nervio y cerrara las puertas de mi alma para siempre. No le aclaré las cosas por que no se me antojó hacerlo. Aquel día mis ojos me dolieron muchisímo el resto de la tarde.

Mañana cumplo años y no hay expectativas de nada. La enfermedad arrasó con el dinero y me quedé sin mi viaje a San Cristóbal, lo cual significa que una vez más habré de festejar con mis tías, como cada año, siempre lo mismo. Sin sorpresas de nada: la misma comida, las mismas personas, eso si, cada vez menos regalos. Cualquier otro día me hubiera importado un comino, pero últimamente he estado sumamente irritable y ese día no será la excepción, pues no podré descansar como se debe, tendré que poner mi mejor sonrisa aunque me esté llevando el demonio y no podré sacar las jugosas ganancias de antaño, que a veces contabilizaban $ 1, 000.00 de un sentón.

Es difícil esto de tener los ojos enfermos. Me siento inútil, me siento indefenso, me siento con miedo. Ya quiero que esto termine, pero por lo que he oído, me restan cerca de dos semanas de martirio. No se si sobreviviré a este nuevo tipo de soledad, que es tan cruda o un tanto peor, que cualquier otra de las tantas con las que he convivido. ¡Benditos los que nacieron ciegos y jamás supieron lo que era poder mirar! ¡Pobres de aquellos que, viven en la zozobra de perder tan grande privilegio!

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