Embrujos, demonios y otros asuntos de familia:capítulo final

Anteriormente hablé de diversos acontecimientos sobrenaturales que acaecieron en mi familia en distintas épocas y a distintas personas. Pues bien, ahora contaré lo que he presenciado en mi propia casa.

Desde muy joven fui fanático del terror, aunque debo decir que no soy la persona más valiente que puedan encontrar sobre la tierra. Soy en realidad una especie de mazoquista que gusta de vivir el miedo en estado puro, desafiando incluso la prudencia. Recuerdo que cuando tenía como nueve o diez años, invocaba al Diablo sólo por el gusto morboso (o la estúpidez) de conocerlo. Afortunadamente, Él no hace caso de bobadas infantiles, porque entonces yo no estaría relatando esto. Pues bien, leí mucho de historias de terror, pero creo que el momento decisivo fu cuando adquirí el libro de Cañitas, que en México es una referencia importante para el fenómeno de las casas embrujadas. Lo leí de cabo a rabo y al principio sólo fue una lectura más, hasta que empezaron a ocurrir cosas rarisímas.

En aquellos tiempos estudiaba en la tarde, así que tenía la mañana libre para mí. Frecuentemente me quedaba solo pues mis papás trabajaban fuera, así que yo debía atenderme en muchos aspectos, como el uniforme limpio. Lavaba pues mi camisa y mi pantalón en el patio trasero, donde está la batea. Pues bien, era justo en esos momentos cuando escuchaba el rechinido caracteristíco de la reja de entrada, que se abía y se cerraba sola, como si alguien entrara. El punto es que generalmente no se trataba de nadie. Además, solía oír la voz de mi padre anunciándo que ya había llegado. Yo le contestaba, pero entonces me daba cuenta que la casa estaba vacía. Aunado a esto, algunas veces miraba siluetas oscuras con mi visión periférica, que es lo que muchos denominan Gente de las sombras, es decir, sombras con figuras humanoides que muchos identifican con fantasmas o demonios. Eso me mantenía en una especie de tensión nerviosa que no me dejaba disfrutar la soledad. Todo esto ocurrió durante mucho tiempo, pero el momento más siniestro se dio años después, cuando mi familia inició su vida religiosa.

En el patio trasero vive nuestra perra pastor alemán Xena, que generalmente es muy tranquila y no mata una mosca. Una noche, ella empezó a rascar la puerta de la cocina insistentemente mientras ladraba nerviosa. Nosotros no prestamos atención pues pensamos que estaba cazando una rata o algo así, pero después de un rato el escándalo se hizo insoportable y mi mamá salió a regañarla. Nada más abrir la puerta, Xena entró intempestivamente y empezó a corretear por toda la casa, con el hocico levantado como si hubiera algo en el aire, algo que nadie más, excepto ella, podía ver. Tal curiosidad duró alrededor de diez minutos y acabó en el patio delantero, tras unos arbustos. Luego, la perra se hechó tranquila a dormir. Le restamos importancia al incidente y nosotros también nos retiramos a descansar. Fue al día siguiente que mi mamá relato como terminó la cosa. Cuenta que a la media noche, sintió claramente como una mano helada le aprisionaba el pie y se lo jalaba. Mi mamá, que tiene un pesado dormir, pensó que se trataba de un sueño, pero no era así. Tras despacharme el desayuno, porque yo salía para la escuela a la 5:30 de la mañana, ella no volvió a su cama sino que se quedó recostada en el sofa de la sala, para esperar que le llegara su turno de levantarse. Pues entonces alguién se sentó junto a ella. Pensando que era una malcriadez de mi padre, ella lo empujó, pero en ese momento la presencia se desvaneció en el aire. Mi mamá se levantó de súbito y descubrió que mi papá roncaba a pierna suelta en el cuarto. El punto es que el espacio libre en el sofa estaba caliente. Alguien más había estado allí.

En otra ocasión, alguien abrió la puerta del baño mientras mi mamá tomaba una ducha, e incluso le pareció ver una silueta que asomaba su rostro. Nos interrogó a mi papá y a mí, pero ambos habíamos permanecido en la sala mirándo televisión. Aquel misterio nunca pudo esclarecerse…

Pues bien, es obvio que algo habitó mi casa. Por fortuna, tales cosas ocurrieron en un corto periodo de tiempo y luego desaparecieron sin dejar rastro. Ya no escucho las voces, y la reja ya no parece abrirse y cerrarse sola. Sin embargo, cuando los perros ladran y rascan la puerta de la cocina sin razón aparente, aún me pongo nervioso, y en las noches, cuando todas las luces se apagan, aún me parece ver gente moviéndose en la oscuridad…

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