Mi vida con Harry, el niño que vivió…

15 de julio de 2011

Escribo estas líneas en una lluviosa y desolada tarde de julio, cuando muchas ya personas vieron o están a punto de ver la última película de Harry Potter. Estoy algo molesto porque, contrario a los años anteriores no pude ir ni al pre-estreno ni al estreno, he de esperarme muchas horas todavía y aún así presiento que el Destino juega en mi contra. La verdad, es risible que esté dramatizando algo tan trivial como una película que todo el mundo quiere ver y que todo el mundo olvidará en pocas  semanas, cuando Hollywood lance el resto de su programación veraniega. Pero si echo una mirada hacia atrás, los recuerdos se agolpan y entristecen a un más mi corazón enajenado.

Diciembre de 2001. Se estrena HP y la piedra filosofal. Nace el fenómeno y muchas personas se vuelcan a las salas para ver la primera adaptación fílmica de una novela de la que yo desconocía su existencia. Tras ver los cortos y leer unas cuantas sinopsis en Internet, llego a la conclusión de que es una película sosa para niños que no valía la pena ver. En aquellos años apenas emergía el mounstruo que soy ahora, el que siempre va contra la marea, el que encuentra miles de detalles malos en aquello que el resto se empeña en ver como buenísimo. Además, en mi casa había una crisis severa que no nos permitía ir al cine, así que medio ciníco y medio frustrado me reí de aquellos que decían que la historia era excelente.

Noviembre de 2002. Tras un año en calma, se anuncia la llegada La Cámara Secreta. Esta vez, las constantes declaraciones de la autora J.K. Rowling sobre que HP es un libro para adultos y NO para niños, aguijonean mi curiosidad, pero obstinado y orgulloso, me resisto a retractarme. Aún me parece rídicula la idea de un colegio donde enseñan magia.

Mayo de 2003. Un regalo atrasado del día del niño (aunque ya no era yo tan niño) pone en mis manos HP y la piedra filosofal, la novela. En realidad, mi curiosidad terminó por vencerme y con ojo crítico comienzo a leer la novela. 17 capítulos y yo no podía parar de leer aquella obra de arte dónde el suspenso y la oscuridad se amalgamaban bajo la engañosa imagen de una trama infantil. Me pareció una historia excelentemente contada y con tantos giros inesperados que decido que es lo mejor que he leído en mi vida. Adiós a los libros religiosos, al fin encontré lo que andaba buscando.

En cuestión de 15 días leí tres veces la historia de la piedra y luego hube de mentir, matar y asesinar (no es cierto, no llegué a tanto) para conseguir el dinero y adquirir La Cámara de los Secretos. Ésta solo la leí dos veces y luego hube de esperar bastante tiempo para conseguir el dinero del tercer libro. Y es que para entonces, el fenómeno había convertido los libros en cosas costosísimas ($300 y $400)  para alguien que no tenía ingresos constantes. Así pues, hube de privarme de muchas cosas con tal de satisfacer un ansia mortal que me corroía las entrañas. Finalmente, tuve en mis manos El Prisionero de Azkabán.

Entonces comenzaron los problemas.  Mi madre, siempre medio liberal, tras enterarse de la temática central del libro y luego, alimentada por los cristocentricos prejuicios de mis tías convirtió mi Pottermanía en un tema tabú, en algo prohibido dentro de la casa. Así pues,  convertí la saga en material ilegal que pasaba de contrabando. El Cáliz de Fuego, La Orden del Fénix y El Príncipe Mestizo los leí en su mayor parte de noche, protegido por la oscuridad y con el pavor de que me descubrieran. El último, no obstante, logré leerlo en las tranquilas horas muertas de la universidad. Las películas siguieron también un mal camino. Las compraba y las veía cuando mi mamá no estaba, aunque esta es la hora que no he podido ver completo La Piedra Filosofal…

Cuando se estrenó la película número cuatro, decidí que las cosas cambiarían. Para entonces ya estaba en la preparatoria y era un experto en el arte de mentir. Así que aprovechando que daba el servicio social por las tardes, me fui a ver el estreno. Repetí la hazaña con las películas subsecuentes, porque la escuela o mis deberes extra muros  me ofrecían una excelente excusa para desaparecerme tres horas sin levantar sospechas. También compré todas y cada una de las películas, pero cuando mi madre enloqueció con la religión, tuve que desprenderme de ellas. Las que no pude salvar, fueron consumidas por el fuego…

Y aquí estoy, recordando todo lo que pasó con Harry. Tengo en mi alma esa misma conmoción que me asaltó cuando leí la última frase de Las Reliquias de la Muerte. Es decir, nunca más volvería a merodear la tiendita de los búhos a la espera de que sacaran el día y la hora exactos, la nueva saga que arrebataba de las manos de otros fanáticos que como yo, asaltaban la sección de libros, enfurecidos si el gerente llevaba las cajas un minuto más tarde… Tampoco volvería a sentir aquel olor peculiar de la editorial salamandra, ni la emoción de abrir un nuevo capítulo que sabías que te mantendría en vilo página tras página… Ah, y es que cómo costaba abandonar una lectura tan entretenida, era un magnetismo que me mantenía pegado a la aventura desde el inicio y hasta el final, yo no pensaba ni existía para nínguna otra cosa…

No me importa si dicen que es diábolica, si enseña brujería o si contraviene las virtudes cristianas… Harry Potter representa para mí uná decada en la que dejé de ser niño y me convertí en este ¿adulto? Estoy nostálgico porque cometí el error de hacerlo parte de mi vida… porque mientras que para muchos es tán sólo una saga de películas comerciales, yo me quedo con los libros, amigos inseperables que me dieron hermosísimas horas de satisfacción… Este julio, todo termina. Se va una generación, una etapa que pronto se perderá en los anales de la historia, pues dentro de poco, muchos olvidarán lo que significó para ellos. He de admitir que yo planeo hacer lo mismo. Por eso escribo estas palabras ahora, antes de que deje de sentirlas…

Epílogo

Las cosas no fueron tan mal después de todo, finalmente el 17 pude ver a primera hora la segunda parte de la última película. No puedo dejar de expresar la conmoción de ver aparecer ante a mí los créditos finales, el hecho de que esta vez, sí se había terminado, nunca más películas, nunca más libros, sólo un recuerdo…

Por cierto, no me gustó el final. Demasiado tonto el cuento de la Varita… Y en cuestiones de emoción, las escenas claves resultaron fatales, pero ya que se le va a hacer…

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