La agonía del perro atropellado

Comencé mi día con un pensamiento funesto que aún no me abandona: el ser humano es infinitamente despreciable y cualquier cosa mala que le pase es insuficiente para castigar su maldad.

Daban las nueve quince de la mañana, la hora en que usualmente salgo a trabajar y en la intersección dónde la carretera de mi colonia se une con el périferico, justo a mitad de la calle, había un perro atropellado. Su cuerpo estaba tendido sobre el asfalto húmedo, con manchitas de sangre en  sus patas posteriores. Delante de mí, dos automovilistas desecharon el cuerpo casi sin verlo, pues en realidad es algo común en una carretera de alta velocidad donde prácticamente no hay semáforos. Cuando me tocó el turno de pasar junto a él, no pude evitar quedarmelo viendo y ese fue mi error: el perrito aún estaba vivo. Su cuerpo no estaba tan inmóvil. Respiraba un poco acelerado e incluso hizo intentos infructuosos de ponerse en pie, sin conseguirlo. No se quejó. Tan sólo me miró con desesperación, directamente a mis ojos. Aquello fue más de lo que pude soportar. Siendo hijo de dos incurables amantes de los perros, aparqué el automóvil y mientras mi mamá iba a evaluar la situación, yo rebusqué en el carro algo que me sirviera para quitarlo de la vía, pues no iba a faltar el hijo de su puta madre que le pasara las cuatro llantas encima. Finalmente encontré una manta y con ella me acerqué al animalito, con precaución, desde luego, porque los perros adoloridos tienden a morder aunque les estes ayudando. Envolvimos al perro y luego lo arrastramos hacia el cesped. No tenemos dinero, así que no propuse llevarlo al veterinario. Además, creo que ya no tenía remedio. Aún cuando no parecía dolerle, a la altura de sus genitales tenía un abultamiento preocupante. Sin embargo, lo dejamos en un lugar más cómodo, para que al menos muriera con un poco de dignidad.

El ser humano es infinitamente despreciable y cualquier cosa mala que le pase es insuficiente para castigar su maldad.

Para empezar, tenemos e el o la imbécil que lo atropelló: un hijo o hija de puta que se levantó tarde y que con tal de que no le descontaran el día iba como alma que lleva el diablo sin importarle nada. Claro, cómo en México hasta las garantías individuales de las personas están devaluadas, pues no importa si te llevas a un perrito, que bestia al fin, se atravesó en la calle. Concédamos que los dos tienen la culpa: uno por no frenar y el otro por atravesarse. Yo, como ser humano capaz de razonar y de sentir, al menos me aseguraría que ya no se puede hacer nada por la víctima. Lo llevo al veterinario o lo quito del camino para que los estúpidos cegatones que vienen detrás de mí no hagan un desparramadero de viceras. Pero no. Un perro atropellado no importa, mejor sigo mi camino y me olvido del asunto, sin más.

Luego están las personas que pasaron después del accidente. Todos seres humanos creados a la imagen de Dios. Ningúno se detuvo a ver al perrito. Y al que lo vio agonizante, ni le importó. Claro, seguramente muchos de los que pasaron, sin importar la religión, son de los que se dan golpes de pecho en la iglesia respectiva y dan un falso testimonio de piedad, cuando en realidad son todos unos desgraciados incapaces de sentir compasión ni por ellos mismos. Puede que alguien haya volteado a ver el supuesto cadaver y que al notar que estaba vivo, cuan buen samaritano quizá hasta pensó en rematarlo para acabar con su sufrimiento. Creanme, ha pasado. Me contaron una escalofriante historia de un perrito atropellado masivamente en Chiapas, y cuya voluntad de vivir era más fuerte que el dolor de tener las tripas afuera, causada por sus múltiples “benefactores”.

Desde que dejamos al animalito a un lado de la carretera no he dejado de pensar en él. Siento una terrible sensación en el estómago que nada más no me deja en paz. Me gustaría ser como las otras personas inconmovibles que siguieron su camino como si nada. Pero afortunadamente no puedo. Aún tengo la capacidad de sentir y eso me alegra, porque me hace distinto al resto de la humanidad. Y dejenme decirles una cosa, yo no soy una buena persona. De hecho soy muy mala persona y no me cuesta trabajo admitirlo. A diferencia de los otros, yo no finjo lo que no soy. Soy honesto y lo más transparente que me permito ser. Llámame paladín de las causas perdidas, si quieres. No me importa. Quizá sean las únicas por las que valga la pena luchar.

Epílogo

Cuando regresé en la tarde, había llovido y el perro aún estaba cubierto por la mantita, tal como lo dejé en la mañana. Pero esta vez él ya no me miró a los ojos, ya no podía. Sus ojitos estaban cerrados y su hocico atrancado en el último aliento. Entoncés me sentí mejor. Al menos ahora ya no estaba sufriendo. Yo tampoco. Bastó su olor en descompocisión para convencerme de que ahora todo estaba bien.

Anuncios

¿Necesitas vomitar algo? Puedes hacerlo a continuación:

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s