Embrujos, demonios y otros asuntos de familia parte 3

En esta post habré de trasladar mis anécdotas sobrenaturales hacia los rancheríos y plantaciones de La Chontalpa, donde creció mi padre. Sus historias también son bastantes pintorescas y de miedo.

Mi padre refiere que en una ocasión cuando él y sus hermanos estaban todos pequeños hubieron de quedarse solos porque mis abuelos salieron a visitar a un familiar gravemente enfermo. En esos tiempos, no había carreteras y los recorridos se hacían a pie, a través de larguísimos caminos vecinales, lo cual obviamente eran proezas que llevaban toda la noche. Así las cosas, no había pasado ni una hora de que los padres se fueron, cuando una enorme cantidad de aleteos empezaron a oirse por encima de la casa, cuyo techo era de lámina. Aquel fenómeno en realidad es cosa corriente cuando se está tan cerca de la naturaleza, pero lo realmente extraño es, que todo aquel escándalo se debía a una númerosa parvada de buhos y lechuzas que iban directamente hacia la casa, como si de una película de Hitchcock se tratara. El ruido era realmente espantoso. Ademas del aleteo, tenían el caracteristíco canto de aquellos ánimales, que de unos es un canto triste y de otros un grito espeluznante y no hay que olvidar el chirrido de las garras al entrar en contacto con el techo. Los niños no hicieron otra cosa que ocultarse bajo las mantas a esperar que el ataque terminara, lo cual ocurrió cuando el sol despuntaba en el horizonte. Nadie nunca supo explicarles el motivo de aquel suceso, ya que ni siquiera trataban con brujos… la explicación más aceptada es que las aves estaban en época de apariamiento y eligieron aquel techo como sitio para sus orgías. Claro, casi nadie quedó conforme con la explicación…

En otra ocasión, mi abuelo junto con sus hijos mayores salieron a cazar un mico, una especie de monito que destruye las cosechas de cacao. Salieron de noche, que es cuando esta alimaña comete sus fechorías y rifles en mano comenzaron a tantear en las ramas de los árboles ayudados con potentes lámparas de baterías. Pues bien, el mico, más agil que ellos, pronto dejó la zona de plantíos y se adentró en la zona selvatica, dónde no existen caminos y todo es montazal. Pronto, algo extraño ocurrió. Lo que se escuchaba por encima de ellos ya no era un ruido sino dos. Cuando apuntaron hacia el las ramas, pudieron ver el mico balancéandose de árbol en árbol, y metros más allá hubo un ruido similar, de algo invisible. Aquello no amedrentó a los hombres de campo. Prosiguieron con la persecución considerando que tal vez se tratase de algún mono u otro mico aunque pronto se dieron cuenta que tal vez se trataba de algo más, pues desde las alturas les arrojaron ramitas verdes, imposibles que se hubieran caído por su cuenta. Además, caían con gran precisión sobre sus cabezas. Esta vez consideraron la posibilidad de regresar, pues el mico se había perdido de vista. Mi abuelo insistió en avanzar un poco más pero las linternas se quedaron sin energía. Mandaron a uno de los chicos rumbo a la casa para buscar baterías y éste cuenta que, mientras caminaba en medio de la oscuridad, pudo oir con claridad unas pisadas que avanzaban junto a él en la maleza. Espantado, decidió detenerse y los pasos extraños también hicieron lo mismo. Avanzó otro trecho y percibió en el crujir del monte que el otro hizo lo mismo. Ahora sí horrorizado, se lanzó a la carrera mientras que a su lado algo avanzaba con la misma velocidad. La persecución terminó cuando mi tío alcanzó el patio de su casa. Cuando se tranquilizó, hizo el camino de regreso, esta vez completamente sólo. Al mico nunca lo alcanzaron  y siempre quedó la duda de que o quien los había acompañado aquella noche.

Durante las vacaciones escolares, mi abuelo solía encargarles labores a los niños para que hicieran algo productivo durante el día. Claro está, ellos preferían pasarse jugando todo el día y ya hacia el final de la tarde cumplían con las tareas asignadas. Pues en una ocasión, se retrasaron más de lo normal y empezaron a trabajar a la hora en que el sol casi se ocultaba en el horizonte. La tarea consistía en darle de comer a los animales y recoger la basura de un campo que habían podado recientemente. Pues bien, dejaron ésta para el final. Craso error. Dice mi padre que estaban recogiendo los últimos montoncitos de zacate, con una semioscuridad que se podía palpar cuando un visaje pasó frente a sus ojos. Él no le dio importancia, hasta que empezó a sentir una especie de ansiedad, una sensación de peligro, de que algo andaba mal. Y en efecto, el visaje pasó de nuevo y ya no le quedó duda de qué se trataba: el duende. Contuvo su temor ante la posibilidad de que le dejaran sólo así  que esperó a que el trabajo estuviera concluído para advertirle  a sus hermanos, lo cuales echaron la carrera. Y es que hay verdaderas razones para temer. Un niño desapareció durante días y lo encontraron tiempo después, tumbado entre los montazales, a penas vivo. Su ropa estaba desgarrada y su cuerpo esta cubierto de profundos rasguños. El niño más tarde declaró que había sido un duende…

Pues bien, hasta aquí llegan las historias de mis padres. En la próxima ocasión contaré lo que aceció en mi propia casa, ya en mi época.

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