Embrujos, demonios y otros asuntos de familia parte 2

El cerro “El Tortuguero” es, al parecer, una especie de boca del infierno, la cual se extiende por todos los campos y haciendas que rodean el poblado convirtiéndo pues la región en el lugar favorito para apariciones de entidades malignas, que no sólo se deambulan en la noche sino que también tienen el atrevimiento de salir a plena luz del día, tal como lo relata  uno de los hermanos de mi madre que desde muy joven trabajó como peón en los solitarios sembradíos. Existe, junto a la rivera del río Puxcatan, una zona denominada “La Tembladera”, punto de convergencia donde los fertiles campos de tierra maciza se convierten en pantano. Es este lugar algo peligroso, porque los zacatales altísimos son guarida de serpientes venenosas y del Diablo mismo. Cuenta el susodicho, que un día en el punto alguido cuando el calor sofoca, mientras barría unos terrenos que colindaban con dicho lugar, se le apareció un hombre de a caballo, apuesto y bien vestido, que llevaba unas alforjas llenas a reventar de monedas de oro. Como se podrán imaginar, el traje era tan negro como el córcel, aunque siendo mediodía, mi tío no sospechó, por lo pronto, el peligro en que se encontraba. El misterioso hombre se detuvo cerca de mi tío y lo saludó cortesmente. El saludo le fue devuelto y empezaron una plática corta, que terminó en un ofrecimiento poco común: el hombre le regalaba a mi tío las alforjas llenas de dinero, para que no tuviera que seguir sufriendo las inclemencias del calor nunca jamás en la vida, y que le podía dar mucho más si quería. El precio de aquella prosperidad era la vida de uno de sus hijos. Dese luego que mi tío no aceptó, y tratando de evitar la ira del demonio, declinó la oferta. El de a caballo sigúió su camino como si nada y luego desapareció. Curiosamente, este tío estuvo en peligro de muerte cuando era pequeño. Un día en que se portó mal y fue castigado bajo el rigor de la vara, salió enfurecido maldiciendo a mi abuela e invocando al Maligno para que se la llevara. Sus ruegos fueron escuchados. Dice mi mamá que desde río arriba se escuchó el estruendo de un viento fuertisímo que se acercaba a gran velocidad: era el diablo que venía, no por mi abuela sino por el malcriado. No obstante, se dieron cuenta de esto a tiempo y lo metieron a la casa, cesando el estruendo en ese mismo instante.

Pero esta no es la únic que vez que el Mal se personifica tan descaradamente. Mi tío el menor, aficionado a la caza de tepezcuintles, suele irse hacia el otro lado del mencionado cerro dónde tiene una amplio terreno al que sólo se accede a través de una titubeante brecha abierta en medio de la selva. Allí, el paisaje es túpido, con sus árboles altisímos y sus arbustos de todo tipo que se entrecruzan en el camino. La caza de tepezcuintle se hace bien entrada la noche, en unas tapancos suspendidos a escasos metros del suelo, dónde el cazador aguarda con la escopeta en la mano. Dado que el territorio es extenso, mi tío en ocasiones pide la ayuda de uno de sus vecinos, un hombre ya entrado en años que hace de todo para ganarse unos cuantos pesos. Pues bien, lo que voy a contarles ocurrió una noche en que mi tío hubo de quedarse en la ciudad, dejando el exterminio de las alimañas a su ayudante. Cuenta el hombre que, cerca de la una de la mañana, cuando más frío hacía, se oyó un ruido como de algo gigantesco que avanzaba por el monte, que no por la brecha, apartando bruscamente los árboles de copas altisímas. Cuando el hombre oteó intentando descubrir la causa percibió unos destellos, como si hubiera relampagos en el cielo. Pero lo que lo aterrorizó de verdad es que el ruido se dirigía hacia donde él estaba. Paralizado por el miedo, se abstuvo hasta de respirar y pronto la amenaza terminó por cobrar forma: era un hombre grande del que sólo se podía ver su silueta negra y los ojos brillantes. El hombre grande, con voz atronadora le preguntó que si que hacía ahí. El viejo obviamente no le respondió. Simplemente cayó al suelo, en un estado de shock, dónde lo encontraría su familia al día siguiente. Tardó varios días en recuperarse hasta que finalmente pudo relatar lo que había acontecido.

Este mismo hombre grande se le apareció a una de mis tías. Ella no practica la brujería ni mucho menos, sino el cristianismo. Y ese fue el problema. Resulta que la ingenua se puso a darle estudios biblícos a un hombre, brujo consumado que quizá quería dejar su mundo maligno atrás. Pues bien, El Gran jefe no iba a permitir que le quitaran un fiel seguidor y decidió dar pelea. Fue entonces que una mañana, mientras mi tía hacía sus quehaceres que el hombre grande se materializó, llenando la casa de penumbras. Mi tía lo vío, pero no se dejó amedrentar y se tiró de rodillas para invocar la protección divina. Dice que los minutos se le hicieron horas, hasta que finalmente la mala vibra que emanaba del ente desapareció y la luz del sol pudo entrar de nuevo por las ventanas.

No son estos los únicos eventos sobrenaturales que se han dado en la inmediaciones de “El Tortuguero”. El hombre grande toma diversas formas. Para unos es simplemente un ruido de algo invisible que se mueve entre los arbustos y que asusta muchisímo. Esto se manifiesta particularmente en unas cuevas dónde se cree hay tesoros prehispánicos. Otras veces lo han visto en forma de panteras que merodean los campos donde se cree que hay dineros enterrados. Pues bien todo lo anteriormente relatado, acaeció en la zona de la sierra, pero inquietantemente esta no es la única zona de actividad de las fuerzas malignas. Éstas se hallan por todas partes y toman muchas otras formas, como se verán en las próximas anécdotas que tengo para compartir con ustedes.

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