Matar a un ruiseñor… con saña, a sangre fría…

Sí, ya sé que Atticus Finch considera que matar a un ruiseñor es pecado, pero si en este preciso momento tal avecilla cantarina se me atravesara con su molesto trinar, no dudaría en atraparla y a despedazarla lentamente mientras sus gorgoritos se transforman en gritos de terror y agonía. No me mal interpreten, no soy un buen muchacho y tampoco he tenido un buen día. Dejémonos de un buen día, si fuera así no me estaría quejando. En realidad, he tenido una semana pésima.

Verán, si le preguntas a alguno de mis conocidos, te dirán que soy un pesimista consumado. Y puede que así sea, pues no me gusta andar pensando que toda va de maravilla y que al final venga la puta vida a madrearme la cara y sentarme en la realidad. Así, si las cosas van mal, por Murphy sé que se pondrá peor, y si las cosas van bien, se que se pondrán mal tarde o temprano, equilibrio o karma no lo sé, pero a ese respecto la vida nunca te decepciona. Luego, cuando surgen los problemas, simplemente lo que hago es restarles importancia y engañarme a mí mismo de que no todo es tan malo como parece. De esa forma los problemas pasan sin que yo, preocupón por naturaleza, me vuelva loco del susto. No obstante, esta semana fue la excepción a la regla (malditas excepciones). Los problemas me atraparon en una vorágine asesina, pues al  parecer, en este barco se hunden todos.

El lunes comenzó normal, yo muy alegre de empezar una nueva semana en la que iba a cobrar el cheque que me sacaría de una crisis en la que me metí estúpidamente. Ese día, la Secretaría de Hacienda notificó un embargo, por un crédito fiscal que llevaba años peleándose. El martes el embargo se hizo efectivo. Me madrugaron y a las ocho ya estaba en la “acomodando” las cosas que habrían de ser llevadas, y lo digo entre comillas porque en realidad lo que se generó fue un puto desorden. El sujeto de Hacienda llegó diez minutos antes de la hora hallándome completamente sólo y sin saber que decir. Lo hice pasar pues de nada hubiera servido cerrarle la puerta y me dediqué a ignorarlo un buen rato mientras pensaba cual sería la mejor forma de matarle. A los veinte minutos llegó la persona que iba a atender la diligencia y como todos estaba ocupados yo fui nominado a realizar los encargos de la calle bajo un sol calcinante que no tuvo piedad de mí. Cuando regresé, una hora después, el tipo seguía burocratizando el embargo. Yo, para esto, no tenía computadora ni una puta madre, por lo que me puse a pasar el calor en el más penoso de los aburrimientos. Media hora después, todos en el edificio vieron como nos despojaban de sillas y escritorios, lo cual me resultó sumamente embarazoso.

Miércoles, la oficina semivacía y echa un caos. Nos pasamos toda la mañana reconectando cables y equipos, rezando por que todo funcionara. Luego nos dieron luz verde para reemplazar lo ultrajado y nos pasamos horas bajo el sol inclemente del mediodía buscando algo más o menos aceptable. Lo encontramos cerca de las cinco, justo cuando debía cumplir con otras obligaciones que de paso me absorbieron el resto de la tarde y parte de la noche. Llegué a mi casa cerca de las nueve cansado, acalorado y sin haber probado bocado en todo el día.

Jueves, o sea hoy. Lo más aceptable que encontramos resultó ser un dolor de cabeza que estaba en chino. El set para la computadora era un montón de frágiles piezas de formaica y metal que debían ensamblarse a la luz de un instructivo que ni sus creadores entienden. Detuve el armado de la chingadera esa para generar unos documentos electrónicos y la sorpresa mayúscula fue que el sistema no servía reportándome un “desbordamiento de pila”. La razón, que el antivirus reconocía ciertos archivos ejecutables como virus y no me permitía accesar al programa. Tras intentar infructuosamente de arreglarlo por mi cuenta, (jamás entendí ni madres que demonios es un desbordamiento de pila), llamé al soporte técnico, respondiéndome una tipa que sin ganas de atender me dio soluciones “pichurrientas” que no me resolvieron el problema. Al borde de un ataque de nervios, insistí en preguntarles una y otra vez hasta que la ingeniero favorita me ayudó a resolverlo. Ah, yo feliz… generé mis documentos y a continuación me enfrasqué de nueva cuenta en el set de computadora… Me dieron las doce y apenas había ajustado dos tablas y dos soportes. La otra computadora luego no quiso imprimir y hubimos de llamar al técnico. Éste fue realmente una bendición, pues además de solucionar lo de la compu, nos enseñó que la respuesta al rompezabezas estaba en dos hoyitos que habían pasado inadvertidos para nosotros. A partir de allí, todo fue más fácil… hasta que descubrimos que el obsoleto equipo de computo no cabía. Tuvimos que deshacer lo ya hecho hasta que finalmente logramos medio acomodar decentemente todo, con el mínimo riesgo de que se cayera. Para cuando concluimos esta tarea, habían pasado veinte minutos de la hora del almuerzo. Luego, tras comer como soldados, nos fuimos a otro compromiso. Viernes: termianar el trabajo pendiente de los cuatro días anteriores.

Muchos dirán que lo anterior no es para exagerar, pero se equivocan. Para una persona que gusta de llevarse light jugando cityville y viendo pornografía en la comodidad de su escritorio, tanta agitación es mortal, y sí además le agregamos la tensión en el ambiente… bueno, hasta el momento de empezar a escribir esto tenía un humor de perro cancerbero que me hacía intolerable hasta el canto de los ruiseñores. Pero bendita catarsis, ahora me siento mucho mejor…

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