Sex Maniac

Tenía alrededor de nueve años cuando miré una revista pronográfica por primera vez. Un primo que había venido a estudiar la universidad en la gran ciudad y se quedaba en mi casa las introdujo de contrabando y las escondió en el lugar menos pensado donde sin embargo yo las encontré. Era una colección ecléctica: revistas grandes y revistas pequeñas, de dibujos o con fotografías, relatos ilustrados o simplemente relatos, algunos eran incluso hasta cómicos. En fin, lo único que tenían en común es que era porno heterosexual. Recuerdo que mientras mi primo andaba en la escuela, yo me encerraba en el cuarto a dejar correr mi imaginación sumergiendóme en aquellas realidades de incestos, orgasmos y corridas. Aquelló marcó definitivamente mi mente infantil, que poco a poco pidió mas conforme los relatos disponibles se tornaban triviales o demasiado vistos. A los once o trece, empecé a financiarme mi propio vicio, devorando en cantidades exageras (cinco o seis por semana) los folletitos de diez pesos a todo color. Fue con esos folletitos que alcancé mi primera eyaculación, la cual fue tan placentera que significó una evolución en mi adicción, pues desde entonces ya no buscaba satisfacer mi curiosidad, sino alcanzar orgasmos masturbándome mientras veía caricaturas coger, coger y coger.

Los años pasaron y me estanqué en el porno heterosexual, lo cual obviamente dejó de satisfacerme en cuanto entré de lleno en la adolescencia y las hormonas me impulsaban al gusto por los hombres. Así fue que di un cambio drástico otra vez y me enfoqué en las revistas homoeróticas donde aparecían chicos posando desnudos y enseñando hasta el lugar más recóndito de su cuerpo siendo Torso y Boys&Toys mis favoritas. En esta etapa no duré mucho, pues las imagenes carecían de la acción a la que estaba acostumbrado, resultando poco estimulantes, además de que el tamaño de las revistas las hacía bastante dificiles de esconder. Sin embargo la menciono porque fue el trampolín para los videos de pornografía gay.

Lo heterosexual había quedado atrás por el momento. A los dieciseis años, mi acercamiento a la computadora y al Internet era escaso y siempre vigilado, por lo que hube de recurrir a otros medios para saber a ciencia cierta como era el sexo entre hombres, encontrándo una especie de Santuario en una sex-shop en el centro de la ciudad, llamada Tabú. (Anteriormente lo había intentado en Planeta X pero allí eran muy estrictos con la minoría de edad). Recuerdo que mi primera película porno la compré en alrededor de $ 200.00, una estafa en realidad porque era una copia que sólo podía leerse en la computadora, además de que la producción era pésima: modelos feos, acción desganada e improvisada, tomas horribles. Aquello fue decepcionante para mí, pero no desistí. Luego, en vez de comprar películas porno, me dediqué a rentarlas en el mismo lugar, donde había cabinas especiales que te rentaban por dos horas, siendo mi primera película Lukas in Love, de la productora Belami dedicada a porno suave con actores checos con cara de jovencitos. De allí siguieron adaptaciones porno de clásicos de Shakespeare (de la desaparecida Wham! pictures ) hasta que pasé por Falcon y Colt, cuyos actores me parecían demasiado grandes y toscos, ya que mi prototipo de hombre es alguien como Lukas Ridgestone y Sebastian Bonnett… en fin.

Merodee por el género Twink hasta que finalmente el hastío me impulsó a gustos mayores, deleitándome con actores de la talla de Brad Star cuyas películas carecían de romanticismo y tenían mucho de sexo e instinto. Al principio, mi gusto se asentaba en las felaciones, luego en el rimming y finalmente en la cópula en si, para luego excitarme (y venirme) en los juegos previos a la cogida. Después tomé gusto por el justo instante de las corridas y luego volví a las felaciones, es decir, nunca me quedaba a ver toda la película, sino escenas determinadas, de acuerdo a la fase en la que me encontrara. Pronto eso tampoco me satisfizo y hube de buscar nuevos rumbos.

La siguiente parada fue el lado oscuro: el bondage, y el pissing, el bukkake,  el bareback y los creampie que finalmente retorcieron mi mente impulsándola hacia el sexo insano, ya carente de cualquier sentimiento positivo. Lo que en un principio me asqueaba, ahora era lo único que podía exitarme. Esta etapa fue de la mano con el fin de la renta de videos pornográficos. Habiendo alcanzado la mayoría de edad, tuve acceso menos limitado al Internet y tras el descubrimiento de Ares mi adicción se centró en la descarga masiva de películas pornográficas, siendo mis favoritas las de RandyBlue que si bien es de acción bastante soft, sus modelos son lo suficientemente calientes para compensar la intensidad de la acción. Además, dada la lentitud con la que el programa descarga dichos videos, alterno esta opción con las páginas dedicadas al sharing de clips pornográficos, que son muy variados y se pueden ver online o descargar, sin el peligro de los virus (les recomiendo tube8).

Sin embargo, tengo un problema y es que mi adicción volvió mi libido  una especie de vacío insaciable que ya no se conforma con nada ni con nadie, ya nada me complace y esto da pie a una ansiedad inmensa que sólo se compensa masturbándome, pero incluso el orgasmo ya se vuelve tedioso y mecánico, porque al instante el vacío regresa con intensidad. Soy ahora, un masturbador compulsivo que necesita correrse a todas horas para poder estar tranquilo.

Me siento asqueado y sin voluntad, pero debo luchar para no pasar de lo insano a lo prohibido, a lo realmente atroz. Y no quiero cambiar o no puedo. Ahora veo sexo a todas horas, incluso cuando estoy lejos de mi computadora, tan sólo caminando por la calle, los pensamientos impuros me asaltan cuando veo a un hombre guapo (e incluso una mujer). La perversión se ha apoderado de mí, y se que va a consumirme lenta y dolorosamente, el punto sin retorno.

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